sábado, 18 de noviembre de 2017
Inocencias perdidas
Pero es que en mi caso, ese desengaño hace rato que cicatrizó. Y puedo decirles precisamente cuando fue que vine a tomar conciencia de que en Costa Rica hay algunos mucho más iguales que los demás. Es más, puedo hasta darle rostro y cuerpo a los días de mi esclarecimiento, que en mi recuerdo se encarnan en la figura de un señor de bigotito entrecano, algo encorvado, de una edad rayando en la que tengo yo ahora. Un hombrecito quizás insignificante, que va subiendo solo, sin escolta policial, la cuesta frente al edificio de apartamentos donde vivía yo entonces. Al final de la cuesta, estaba la Cámara de Turismo, y unos metros más allá, sobre la ruta vieja hacia Zapote, estaba la licorera donde el hombrecito se proveía de whisky y ron, o cervezas quizás. Conjeturo que era su intención la de paliar así el cáncer terminal por el que, rezaba su sentencia judicial, le había sido concedido el arresto domiciliario en la casa de la que supuestamente no podía salir, a dos cuadras del Colegio de Abogados y Notarios. Fueron varios años de verlo en su transitar, sin que se notara el efecto degradante de aquel cáncer en la nariz que, según los dictámenes médicos que justificaron la decisión de los justos jueces, debía llevárselo a la tumba en escasos meses (si bien tardó dieciocho años desde su dictamen en lograr su mortal cometido, y es que supongo que los milagros existen también para los altos funcionarios judiciales). A veces, mi vecino Joe, desde su ventana, saludaba con su tonante voz de bajo al hombrecito: "¡Asesino! ¡Sinvergüenza!". Pero el hombrecito no devolvía nunca el saludo (y tampoco sé si sentía aquella mentada vergüenza o no: no se le notaba al menos en el semblante impávido ni tampoco en su paso que parecía quizás demasiado ágil para un moribundo).
Aquel hombrecito, hacía algunos años, había acribillado a mansalva a un estudiante de Derecho egresado de la UCR, en medio de un turno, en La Pacífica de San Francisco de Dos Ríos, cerca de mi casa paterna. Dicen que lo había alentado su esposa a defenderse de la afrenta. Dicen que fue a razón de una disputa: minutos antes, el estudiante, Leonardo Chacón Mussap (con cuya familia no guarda relación alguna la mía) había intercedido en defensa de una mesera, en uno de esas cantinas precarias que antes se montaban en los turnos de pueblo. Dicen que un hijo del hombrecito la insultaba, cuando Leonardo intervino. Dicen que el hombrecito se volvió a su casa, azuzado por su mujer. Dicen que volvió con un revólver o una pistola, y que le vació el cargador por la espalda al muchacho. Y que luego se volvió como si nada a su auto y se fue con su esposa del lugar. Y habiendo tantos que decían lo mismo (creo que a eso lo llaman testigos presenciales, pero es que mi ignorancia del derecho últimamente parece ser cada vez mayor), no quedó otra a los jueces que lo juzgaron a su ex compañero de trabajo, que condenar como culpable de homicidio simple al hombrecito y a su mujer como instigadora.
Creo recordar que a la señora nunca la encarcelaron. Y hubo después noticias de que al hombrecito lo alojaban en la biblioteca del centro penitenciario donde debía guardar prisión, lejos de las celdas de los reclusos comunes (esos que provienen de los barrios bajos, como enseñaba en su clase por aquellos mismos años mi profesor de ética, Mario Alfaro, porque los delincuentes de clase alta viven en lugares de más alcurnia). Pronto le sobrevino al hombrecito la fulminante enfermedad que motivó la misericordia de sus ex compañeros laborales y, pasados los años de su libre prisión domiciliaria, el antiguo director administrativo de la Corte Suprema de Justicia recibió su adecuada jubilación, mediante un caritativo fallo de nuestra Sala Constitucional (muchos de sus magistrados viejos amigos del hombrecito, pero por favor don Mario, no se sobresalte, espero comprenda lo equivocada que estaban sus clases, que como aclaró hace poco ante el Congreso el actual presidente de nuestra Corte Suprema, la ética está por debajo de la ley). Así se murió el hombrecito, tras su cruenta y despiadada dolencia, a los 71 años, castigo divino afirmarán los que sostienen que dios no olvida, por haber fusilado a un joven de 33 años, casi un cuarto de siglo atrás. No me vengan entonces con escandalizarse por redes de contubernios, nepotismos y favores políticos en nuestro tercer poder republicano. ¿En que país han vivido estos últimos años? ¿Acaso el más feliz del mundo?
lunes, 21 de agosto de 2017
Lanzamiento de Crónicas del Regreso, edición impresa
miércoles, 9 de noviembre de 2016
"Crónicas del regreso" disponibles para Kindle
Aquí el enlace
domingo, 5 de abril de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
jueves, 1 de enero de 2015
Piketty otra vez
Atacado por la derecha y la izquierda, el libro "El capital en el siglo XXI" puede quizás estar equivocado en algunas de sus premisas y propuestas, pero concuerdo con el columnista Weissman de Slate: el texto de Piketty ha bastado para trastocar el debate económico llevándolo a un tema del que hace rato deberíamos estar hablando, un tópico que muchos -- especialmente los conservadores y defensores del libre mercado a ultranza, que por algo han sido los más furiosos en su reacción -- preferirían que siguiera callándose: el crecimiento desmedido de la desigualdad de concentración de la riqueza en el último medio siglo.
Yo por mi parte, con mis escasos conocimientos de Economía, he hallado en el libro de Piketty un procedimiento metódico, ordenado y convincente a la hora de exponer sus ideas, basándose no en extrapolaciones o inducciones aventuradas a partir ya sea de fórmulas simplistas de optimización numérica (a lo Black, Merton, Sholes y Cía.) o de evangelios economicistas (sean a lo Hayek, sean a lo Keynes), sino en datos sólidos y tendencias comprobables. Como ingeniero, encuentro por tanto sólidas sus ideas y sus conclusiones bien fundamentadas. Y aunque como ingeniero sé muy bien que correlación no implica causación, es sin embargo suficiente razón para investigar aún más si las hipótesis de Piketty van por camino correcto, cuando todos los datos apuntan a que el crecimiento de la desigualdad de la distribución de riqueza en las economías de todo el mundo ha sucedido en paralelo con el establecimiento de las políticas ultraliberales del trickle down economics y el recorte de impuestos a los más ricos (esa teoría de la cual ni goteos hay aún, tras cuarenta años, que presagien finalmente el esperado derramamiento que nos prometieron Reagan, Thatcher o, en Costa Rica, Jorge Guardia y Thelmo Vargas; esos dos pensadores de columna que tanto quisieran privatizar las universidades públicas, sin atreverse a apuntar en sus diatribas liberalizadoras de dónde salen la mayoría de los graduados que hoy soportan el crecimiento de la industria tecnológica en nuestro país).
Si las propuestas de Piketty: aumentar los impuestos a las grandes fortunas y hacerlos globales, restablecer los impuestos progresivos a la renta y fortalecer la educación pública como vía al crecimiento, no son totalmente correctas pues es algo que solo podrá comprobarse aplicándolas. Que al fin y al cabo no son propuestas nada revolucionarias, son las de Roosevelt y de otro pensador muy cercano, del que ustedes quizá habrán escuchado hablar, que sembró en un libro escrito hace también cuarenta años la semilla de mucho de lo bueno que hoy aún podemos disfrutar en este país: José Figueres Ferrer.
jueves, 6 de noviembre de 2014
¿Por qué seguimos escuchando a los expertos?
"Lo que nadie en Wall Street esperaba es que el precio del petróleo pasara de 104 dólares a 77 dólares en solo seis semanas"
Pero si Wall Street, ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni las calificadoras vieron venir el martes negro, la crisis en Rusia en el 97, el estallido de los dot.com en el 2000 y de la burbuja inmobiliaria en 2007... ¿Por qué seguimos creyendo sus predicciones? ¿Por qué seguimso creyendo a los mismos para definir hacia dónde vamos (y perjudicar en el interin a los de siempre)? ¿No habrá alguien que lleve un sitio con el seguimiento de todas las pifias de estos expertos?
jueves, 28 de agosto de 2014
Knausgaard y su continua batalla
Quizás es ese viejo y trillado asunto de la universalidad, la que según Lezama Lima pasa por el patio de la casa. Si uno lee Proust a cien años del primer tomo de su obra, no es por sus descripciones de las amplias avenidas que trazó Haussmann; ni siquiera por su análisis ruskiniano de la arquitectura gótica ni mucho menos por la vertiginosa acción de su trama. Es que quien ha estado en una reunión social ha vivido lo que cuenta Proust: la deliciosa esgrima de sutilezas, sarcamos y enfrentamientos disimulados en los gestos, la entonación y los eufemismos con que se cruzan espadas y establecen jerarquías. Proust nos pasea por un mundillo de caracteres casi repulsivos en el detalle de sus múltiples defectos y que sin embargo nos resultan inolvidables porque son el tipo universal de contradicción que resultamos los humanos al sumar la miríada de pequeñeces que nos definen: el degenerado pero tan adorable barón de Charlus, la testaruda y orgullosa ama de llaves Françoise, la petulante y severa madame de Guermantes, el honesto pero dulcemente irresoluto de Saint Loup, la coqueta y decidida Odette y la encantadora manipuladora de Albertine. Y en medio de todos el tímido y acomplejado narrador, que sumerge sus dudas existenciales en el ajetreo de una vida de languidez y afanes de grandeza.
Es entonces claro que una novela no es cuestión tanto de escenarios como de entramados e identificación. Si a uno lo atrapa el frustante odisea de un adolescente tratando de colarse en una fiesta de año nuevo en la que sabe no será admitido, es porque todos hemos sufrido esa terrible ansia juvenil por la aceptación grupal, y ese lacerante despecho luego de rechazo que nos devuelve a nuestra vergonzosa soledad. No importa si el periplo del adolescente es medio de una zona rural tapada de nieve en la latitud 58 norte, y venga salpicada de nombres tan impronunciables como el apellido del autor, y que el nombre del libro sea casi insultante por su impronta histórica (pero es que no deja de ser así, ¿no son todas nuestras vidas nuestra propia lucha?).
Quizás no exista en la prosa de Karl Ove Knausgaard la riqueza sintáctica ni la profundidad casi enciclopédica de "A la busca del tiempo perdido", pero si hay una punzante inquisitividad que es más personal que la de Marcel el narrador, porque se sumerge aún más en el cuestionamiento interno y de nuestras imperfectas maneras de relacionarnos con los demás, antes que en contentarse en suponer que las desgracias nos vienen de los otros. Es además una narrativa que no se arredra a cuestionar las cosas sobre las que se supone hoy no hay disensión -- porque toda sociedad tiene sus tabúes --, y si ahora no resulta arriesgado escribir sobre homosexualidad e infidelidad -- en parte, por supuesto, gracias a Proust--, sí en cambio lo es admitir que a veces la furia te ciega, y que has estado a punto de soltarle una bofetada a tu niña de tres años porque se niega a ponerse el pijama. ¿Que hombre puede, en lo más adentro de su conciencia, negar que esto de compartir la crianza y llevar a tu hija a una sesión de estímulo musical en una biblioteca infantil resulta un bodrio que adentro te carcome tu masculinidad por más que uno se esfuerce en decirse que el machismo es un invento tóxico que hay que superar? ¿Y que lo único que te llame la atención de la bendita sesión es que la que la dirige los cantos es una diosa nórdica a la que hace un tiempo no hubieras dudado en soltarle los galgos, pero que ahora no hace más que poner en patética evidencia que estás viejo y gordo, y que tu papel es ahora el de un pingüino buen padre? Sinceramente, uno sabe que los paseos familiares son generalmente un infierno de disputas por nimiedades que terminan en un intercambio sarcasmos secos entre vos y tu pareja: tratar solo de sobrevivir un simple paseo en auto a un parque de diversiones es un asunto que merece reconocimiento. Y sí, estás locamente enamorado de tu esposa, la dicha te arrebata el corazón cada vez que estás a su lado, has dado el paso hacia la vida que hará feliz, aunque hayás tenido que abandonar vilmente a tu primera pareja para fundar este nuevo hogar, pero la felicidad no es asunto racional, el cuerpo no se equivoca y precisamente esto no ayuda a evitar que en el día en que tu hija ha nacido, te has detenido a admirar el cuerpo de la enfermera que te acaba de avisar que tu esposa se recupera bien del parto. Es inconfesable decirlo, que hay un extraño alivio mezclado de pronto con culpa cuando te avisan que tu padre alcohólico se ha muerto, porque por fin ha dejado de existir el referente con el que te has vivido comparando tus fracasos y flaquezas como adulto y hombre. Y ahora no está claro, como nunca lo ha estado, si lo has amado o no -- y si adentro se grita que no, que nunca habrías podido amar a semejante monstruo, ¿por qué entonces las lágrimas que no cesan de nublarte los ojos y ponerte en ridículo ante tu hermano y los desconocidos que te topás en la calle?
La prosa autobiográfica --aunque se llame ficción, o novela--, la buena, tiene esa virtud de conectarnos con nuestro calvario interno, de hacer que el libro lea nuestra propia vida. No importa si se la adorna con la lujuriosa enjundia barroca de un cubano muy gordo y pausado para hablar, o con el shtik casi lascivo de un judío de Chicago muy bueno para pasar de sus complicadas aventuras conyugales a libros casi majestuosos en su retrato de la complicada vida del emigrante en los Estados Unidos. Knausgaard parece, al igual que Lezama y Bellow, tocar hoy con sus textos los umbrales de la literatura perdurable. Habrá que saber si logra alcanzar la medida que nos dio Johnson sobre un clásico: gustar a muchos, por mucho tiempo. El primer paso parece que ya lo ha cumplido.
domingo, 28 de julio de 2013
Sesenta años de juventud
jueves, 18 de julio de 2013
Detrás del mito
miércoles, 9 de enero de 2013
Confesión de indolencia
domingo, 22 de julio de 2012
Por qué no le apuesto al perro flaco
jueves, 22 de marzo de 2012
Alfonso moroso
Claro, el demonio anda envericuetado con los detalles, diría Cantinflas. Resulta que para desinscribirse hay que seguir un proceso: algo que suena racional y severo, como debe serlo en uno más de los miles de reglamentos que nos obsequia esta república que en papel resulta perfecta. Algo que, por supuesto, este mortal ha olvidado (en realidad ignoraba) que debía hacer una vez pudo escapar de su condición de desempleado (oh, ingenuidad, imaginarse que por ser contratado automáticamente uno cambiaba de régimen, digo mejor, ingenuo por suponer que tan flamantes sistemas de computación estén para facilitarnos la existencia). En fin. Será algún día en un futuro lejano, quizás cuando se acerque la fecha de mi jubilación, en que cumpla con llevar en persona todas las certificaciones, cartas y demás comprobantes solicitados puntillosamente. Así podré morir tranquilamente, como ciudadano responsable. Entretanto, tengo la salvaguarda para nunca aspirar a un puesto político, no sea que aparezca mi nombre adosado a la lista de irresponsables que están quebrando el país, producto de esa nueva y excitante rama del periodismo investigativo en Costa Rica: buscar en Internet.
domingo, 19 de febrero de 2012
Los premios
Así que ahora con el alboroto que le han armado a Warren Ulloa por Bajo la lluvia dios no existe me siento un poco identificado, porque conozco las veleidades de los premios y los celos que despiertan, y por eso prefiero tomar esto con muchas pinzas . Y sé que él lo tiene bien claro, que mejor favor no le han podido hacer sus críticos: es más combustible para alimentar su furia para escribir, que algo así decía Romain Gary. Que si es la Iglesia la que te ataca, algo bueno debés estar haciendo (no veo de todos modos por qué va uno a inquietarse por las críticas de un cuerpo lleno de abusadores de niños, dirigidos por un papa medieval).
En fin, que le de doy muchas gracias a mi familia y mis amigos, los que me han llamado, escrito, y los que me han leído. Y mis saludos al Sr. Cañas, porque la casualidad nos ha unido de nuevo.
jueves, 13 de octubre de 2011
Acosado
Saludos y respetos, Dr. Taleb. A veces, es mejor callar y que los que no han sabido escuchar, que paguen.
miércoles, 24 de agosto de 2011
La lucha oculta
Es reconfortante ver, entonces, que grupos como el de Cotizantes CCSS aparecen para mantener viva la llama y obligar a las autoridades a aplicar el bisturí que les ha sido encomendado. Si no desde las esferas del poder ejecutivo, entonces desde el poder judicial. Quizás grupos como este, logren hacer entrar en razón a quienes alegremente pretenden dirigir el país como si de su hacienda privada se tratara. Quizás grupos como este logren resolver una de las mayores ironías de la CCSS y quizás la razón del secuestro que vive hoy: el que entre su directorio, no haya representante de quienes aportan el máximo sostén de la institución y son su razón de ser, nosotros los obreros y trabajadores asegurados.
domingo, 14 de agosto de 2011
El verdadero problema
El problema de la Caja va más allá de un asunto contable o administrativo. Es un asunto de ética profesional. Es consecuencia del secuestro de la seguridad social por parte de un gremio profesional, el de los médicos, que en su codicia ha traicionado el juramento de servicio a sus semejantes. Las pruebas son muchas, pero basta una contundente: según algunas fuentes, en este país de cuatro millones y medio de habitantes, solo hay dos nefrólogos y ocho oncólogos en activo (ocho oncólogos en un país en el que se espera que pronto sea el cáncer la principal causa de mortalidad). Yo he escuchado muchas historias, de como el acceso a estudiar especialidades se restringe para no perjudicar "el mercado". Quizás sean rumores. Pero los números sostienen dichos rumores: en Costa Rica, me han dicho, solo se gradúan 16 especialistas al año. En Nicaragua, 250. No va para nada bien mi Costa Rica.
sábado, 13 de agosto de 2011
Las tormentas
Entretanto, la burbuja inmobiliaria sigue inflándose en Costa Rica. Hace unos días, La Nación, decía que el alto costo de la tierra en el Gran Área Metropolitana dificultaba las ayudas gubernamentales para clases medias y bajas. Puede esgrimirse el argumento de la densidad poblacional y la escasez de tierras (argumento débil, cuando gran parte del casco josefino está compuesto de lotes e inmuebles abandonados), y la falta de soluciones de propiedad vertical. Es hilar muy fino, me parece. Ninguna de esas razones puede justificar el que la tierra en el Valle Central alcance valores superiores al de un inmueble en ciudades como Miami o Nueva York. Mientras tanto, me dicen algunos que los bancos están financiando casas con hipotecas sobre propiedades sobrevaluadas: "llévese casa y carro nuevos, por el precio de la casa". Esa historia ya la conocemos de hace algunos años en otros países más nórdicos. El que tiene oídos que oiga.
Yo solo digo, si quiere comprar casa, espérese un poco, no se embarque en este Titanic. Si puede, compre oro (yo, tristemente, no puedo). Y si ya está abordo con flamante hipoteca y recién vendió las joyas de la abuela, vaya preparando el salvavidas.
viernes, 1 de julio de 2011
De atrapar insomnios
Evaluar un libro de relatos es moverse en arenas movedizas, donde perder el pie puede significar hundirse en el intento funesto de abarcar con un trazo endeble una colección de voces que no son sinfonía (y que no pretenden serlo). Porque cada relato, generalmente, es una pieza única, una sola pelea a resolver por KO, si uno quiere aferrarse a la gastada imagen que Cortázar hizo del género. Y evaluar el suceso de un libro de relatos por tanto, apoyándose en un intento unificador, es ignorar el caráter atómico del mismo e, incluso, justificar esa creencia tan arraigada de que el cuento es un género menor, y que solo por calidad acumulada es dable proponer si una colección de cuentos es algo bueno o no. Evaluar en conjunto es, por ende, ser injusto con el autor, que con un libro de relatos arriesga su pellejo con un afán por multiplicar sus registros en siete, ocho obras que, si se parecen mínimamente en estilo y efectos, pueden tacharse de monótonas, mientras que si se esmeran en lanzarse por espectros esparcidos, pueden acarrear sobre la colección la temida acusación de ser de una calidad irregular. Pero peor, es ser injusto aún más con el lector, que puede no encontrar en el resumen apresurado del presentador el gancho sincero que lo atraparía en alguno de los recovecos del libro.
Los libros de relatos son, propongo entonces, especies extrañas que hay que tratar con delicadeza. Son el receptáculo de caprichos y lances temerarios, donde el autor arriesga, cada vez que inicia un nuevo relato, el cinturón que viene de ganar del relato anterior (si seguimo con las imágenes boxísticas). Aquí, no se trata de acumular puntos a lo novela (sigo con Cortázar), sino de hallar aquel relato que nos deje tendidos en la lona. Por eso, esta noche, y aprovechándome de lo bastante que conozco la obra de Heriberto y sus manías, he preferido concentrarme solo en dos de sus relatos de Atrapainsomnios, para alabarlos por lo que son: obras únicas en su estética y gozo. Y le dejo a los lectores aquí presentes la tarea de buscar los propios en este libro, si es que sus gustos no coinciden con los míos.
Sé que Heriberto ha transitado muchas veredas literarias. Aunque él lo niegue –porque un autor que se respete debe siempre dar esa facha de tener un estilo pétreo y definido, aunque ya ven que el estilo de Borges es diferente en cada libro que hizo. Pero ese transitar es más bien, como debe serlo en un autor que se precie, la búsqueda del registro adecuado para que aquello que se narra. Heriberto va entonces ondulando sus relatos entre la realidad y la fantasía, el juego onírico y la más deliciosa ironía, jugueteando deslices entre sus historias de hombres y mujeres desencontrados.
Pero hay constancia, porque Heriberto tiende a hilar sus narrativas con un hilo conductor común: el poder del eterno femenimo. Así que empiezo con “Héroe en Roma”. Quizás porque es por así decirlo un Heriberto-classic. Desenfado en el personaje. Desenfado en la prosa y el humor negro. Un héroe anónimo ansioso de dama – por eso lo del poder de lo femenino que digo aflora en muchas de las historias de Heriberto – que como Odiseo está a punto de ser la masculina presa fácil de un par de piernas acogedoras. Ah, la añagaza perfecta para meter a un hombre en cualquier problema, hasta en una contrarrevolución en un país caribeño y bolivariano. Pero el narrador, el personaje central, tiene adentro el mismo instinto de Ulises, de querer probar la fruta prohibida sin envenenarse. Puede haber necesidad de mujer, pero antes está la necesidad indescriptible de no dejarse mandar, por una mujer, por el deseo de una mujer, – algunos la llaman machista, yo diría más bien indispensable para cualquier humano, hembra o varón, la de acuerpar sus propias decisiones y roturar rutas que no son las comunes sino las que dicta el alma torturada, aunque se desilusionen los demás, o el mismo cuerpo. Aquí, el desenfado del personaje, el saberse un fracasado nostálgico que se acepta tal como es, esa es la soga que lo ata al mástil al narrador.
Luego está “Cuestión de vida o muerte”. En un estilo encabalgado, con algo de Bolaño, hay un no sé qué en este relato que me mete espanto junto con sonrisa. Me recuerda a la estadounidense Shirley Jackson, esa capacidad de entrelazar lo fantástico y lo gótico en una historia que se pendula entre lo pedestre y lo espeluznante. Tres hombres, dos mujeres, en la más común y aburrido de una existencia que la trama va volviendo imposible, culminada por un desenlace ineludible por lo común y definitivo. Aquí Heriberto, sutilmente, junta lo inenarrable del fin existencial con lo banal que resulta nuestra conciencia cuando debe enfrentarse con la inmensidad afuera de este saco de nervios que somos: el misterio que es estar vivos, o muertos. Se ha dicho muchas veces que través del mito, de lo simbólico, el humano busca explicarse el universo y la más grande incógnita: ese misterio de la conciencia. La angustia existencial, esa que algunos llaman psique, nos mantiene insomnes con sus impulsos y y vocecitas, y el hacer relatos es precisamente un intento por darle respuestas a las inquietudes que nos vienen del coro. Pero el símbolo es un intentar aferrar el aire con la mano abierta, donde no hay respuesta definitiva y la duda pervive. Así, los cinco personajes de este relato bien pueden ser el hijo de Pedro Páramo, que no consigue racionalizarse muerto y por tanto emprende la busca del padre. Aunque al final solo esté el fracaso y la incapacidad de la mente de coligir aquel gran misterio que la envuelve. Los cinco abandonados quedan en el limbo, como al final lo estamos todos, de este o del otro lado, donde los espectros de la separación cuerpo-alma quedan resueltos ante la invencible carnalidad: el símbolo queda supeditado a la única realidad, un grupo de huesos, la capacidad de procrear. Lo demás es hablada.
Yo no voy a hablar más: aquí vinimos a escuchar a Heriberto. A oírle orlar sus historias, las del género humano que busca aprehender entonces lo eterno en lo efímero de la existencia, aunque cada intento termina en fracaso, porque las historias son solo metáforas para explicar algo que no es explicable. Mas no está mal que mientras dure el embrujo, hayan algunas sonrisas y un poco de reflexión.
viernes, 10 de junio de 2011
Levantamientos y esperanzas
Desde hace años son continuos los rumores de las arbitrariedades en la asignación de los campos clínicos para formar especialistas. De como solo los hijos de algunos obtienen las escasas plazas mientras los hospitales públicos se quedan sin anestesistas, oftalmólogos, cirujanos plásticos, obstetras, cardiólogos. Desde hace años son continuos los rumores y denuncias de atención encubierta de pacientes privados en las clínicas y hospitales públicos mientras las colas de espera por atención y cirugías se alargan meses. Desde hace años, la desviación hacia centros de atención básicos de la consulta externa en salud ha demostrado su ineficiencia para satisfacer las necesidades de la población, que se ve obligada a seguir métodos arcaicos superables tecnológicamente como el uso fichas y de filas durante la madrugada para obtener un espacio. Esos mismos centros que sin embargo han significado jugosos ingresos a conglomerados médicos (que, casualmente, sí están llenos de consultorios con anestesistas, oftalmólogos, cirujanos plásticos, obstetras, cardiólogos, formados por la Caja), ingresos que vienen de los sacrificios de esta misma gente a la que la Caja no quiere atender, la gente que paga y mantiene a la Seguridad Social, y por ende la verdadera dueña de los recursos que unos pocos administran (¿no resulta raro, que el verdadero dueño de la Caja no tenga ni voz ni voto en los consejos directivos de la misma?).
Esta gente, sin embargo, no es tonta y empieza a despertar. Ha visto el silencio de las autoridades, del colegio de médicos y los demás gremios profesionales en salud, y supone que si no se han hecho investigaciones para revelar si aquellos rumores son ciertos o no, es porque a alguien no le conviene eso de que se hurgue en el desorden. Esta gente, que ha salido a la calle, puede ser un indicio de algo que se viene, de que aquí estamos cansados de las arbitrariedades de unos pocos y de la ineficiencia cómplice de otros tantos en beneficio de castas que, para colmo, tampoco quieren tributar.
