jueves, 25 de marzo de 2010

La inutilidad del ser...

Voy a llamarlo por su nombre: la ineptitud del funcionario público. ¿Llegará a existir, en Costa Rica, alguna vez, alguna institución que brinde la información completa, por su sitio web, por la prensa, antes de tener uno que comerse una fila de horas para que alguien nos diga que nos faltó uno de los 35 requisitos a cumplir? ¿No hay conciencia de la continua violación de nuestros derechos ciudadanos por parte de los que se esmeran en entorpecer los trámites de quienes queremos cumplir con la ley?

La flamante página de la Dirección General de Migración dice de los requisitos para solicitar residencia permanente: depositar US$50. Para cambiar el estatus migratorio: US$200. Pero al llegar a la ventanilla de información, eclosiona la verdad: US$250. Y no se esmere en correr a pagarlos: la oficina del Banco de Costa Rica atiende solo hasta mediodía, ni venga mañana: la ventanilla de recepción de papeles no abre los viernes.

Bienvenidos al paraíso.

lunes, 22 de marzo de 2010

De nuestra nueva ley de migración y ese lugar lejano lugar llamado utopía...

Lo recuerdo de las tardes de alguna clase nebulosa, mientras leíamos algo de Huxley. Que utopía, por su raíz griega, encerraba la ironía de ser aquel lugar ansiado y perfecto en que desearíamos morar, pero también aquel imposible de alcanzar. Poco imaginaba descubrir que los griegos, tan taimados, no estuvieron a la altura imaginable de este paraíso tropical: ¿cómo describir ese estado tan único de mi Costa Rica, donde confluyen dos o tres universos paralelos, aquel casi perfecto en que vive el funcionario público costarricense de alto rango que aprueba leyes y concede entrevistas para ufanarse de las mismas, el otro donde habita un funcionario que atiende en ventanilla y que desdice todo lo afirmado por su superior, y el más patético y frustrante universo del ciudadano que intenta simplemente cumplir con la ley?

Mucho se viene hablando del adefesio de la nueva ley de tránsito. Poco se dice por la prensa—excepto por los que hemos empezado a sufrirla—de la confusión y caos de la nueva ley de migración. Solo el TicoTimes, de las pasadas tres semanas, ha cubierto para la comunidad anglófona ese serpenteo de confusiones que ha generado una nueva ley que al parecer solo conoce el señor director de Migración. Relataba la periodista del artículo aparecido la semana del 8 al 15 de marzo, cómo, en ventanilla, el simple trámite de renovar una visa de turista le era denegado ad portas (cómo lo vivió en carne propia otro turista que escribe en la edición de esta semana del Tico Times), pese a la claridad del artículo 90 de la ley, que autoriza dicha renovación. Y ni hablar de aquellos que estamos a la busca de regularizar el estatus de familiares extranjeros: en estos momentos, nadie está seguro de lo que se debe hacer o presentar.

Algunos de los requisitos, por lo demás, son risueños por lo enrevesados. Supongo que deseosos de regularizar la gran cantidad de usuarios ilegales de los servicios del Seguro Social, ahora se requiere comprobar la filiación ante la Caja a la hora de presentar las solicitudes de residencia. Pero, ¿cómo cotizar como trabajador o asegurado directo ante la Caja, si para poder obtener un premiso de trabajo es requisito perentorio haber obtenido la residencia temporal y estar autorizado por la flamante Dirección de Migración a trabajar?

Ah, pero incongrüencias aparte, lo más interesante, por no decir ofensivo, de la ley, es que ahora los cónyuges de ciudadanos costarricenses deben comprobar su convivencia conyugal durante tres años para poder optar por una residencia permanente, algo de lo que están exentos los cónyuges de los extranjeros residentes. Es decir, que el gobierno de Costa Rica confía más en los residentes extranjeros que en los ciudadanos que lo eligen. ¿O será acaso, que el mero hecho de haberlos elegido como legisladores es para nuestros diputados motivo suficiente para no fiarse de los que portamos cédula costarricense?

lunes, 8 de marzo de 2010

Y de nuevo, otra vez...

Me avisan de una compañía comercial de televisión por cable, que me ha venido cobrando diligentemente por seis meses, que los recibos que yo he pagado de buena fe, solo me los pueden enviar a un apartado postal o a un fax. Ni siquiera electrónicamente. ¿Quién nos defiende?

jueves, 4 de marzo de 2010

¡Salgamos del folclorismo!

Está más que pasada la hora de salir de ese folclorismo de nuestras direcciones.

Quién sabe cuántos paquetes y cartas importantes no llegan a destino, sin mencionar ambulancias, patrullas o el reciente caso de la familia que murió asesinada por su madre. La trabajadora social del PANI se excusó de haber abandonado la existente denuncia por presunto maltrado a las niños porque no pudo nunca encontrar la casa para hacer su trabajo (ver La Nación, 20 de febrero de 2010)

Si tres niños y dos adultos muertos no bastan para ver cuán necesario es tener un sistema de direcciones adecuado en Costa Rica, no sé qué lo será.

viernes, 15 de enero de 2010

Detalles

La ciudad muta en los detalles. Vas por avenida peatonal, la cuarta, digamos, y te ofrecen un paraguas:
-¡Paraguas!

Pero la voz ya es un detalle. Porque el acento es africano. Entonces uno se percata. Que algo cambia. Cuando pasa un taxi y el conductor tiene barba negra y un sombrero negro muy alado y patillas como rizos.

Y sí. Por ejemplo, hace muchos años, un detalle eran los que cuidaban carros. Hoy son cosa indispensable. Algunos son hasta amigos, y yo hoy no dejaría mi carro sin nadie que me le eche un ojo.

Quién sabe. Seguro, al terminar esta década, todos los taxistas lean la torá. Y el dueño de la paragüería sea de Nigeria, y me venda el pan un prusiano (y bien, yo le compro salchichas muniquesas a una pareja de rubios que ponen su puestito en la feria de Santa Ana los domingos).

No me molesta, explico: yo siempre creí que a San José le faltaban dinamismo y gente nueva. Es que no me daba/doy cuenta. Que los detalles son cosas chiquitas que hacen mundos nuevos. Y que yo me pongo viejo.

domingo, 3 de enero de 2010

El burro con su efecto memoria

Me deja un gusto amargo el paso por ese extraño periplo que recorremos cada cambio de año cristiano, el de medir nuestra sociedad desde una actualidad que se nos va cada vez más rápido. Quizás porque por estas fechas me resuena en la cabeza el aforismo de Hartley, como una sentencia ineludible para una sociedad como la nuestra, donde repasar acontecimientos del extraño país de nuestro pasado es solo hundirse en la superficialidad de los hechos y donde la crítica no siempre arrastra consigo la reflexión. (O quizás solo porque, pegado a la tele, las imágenes del cambio de año en la bahía de Sidney, la rada de Hong Kong, la torre Eiffel, Times Square o el Obelisco en Buenos Aires, son como dejá vus ya demasiado vistos--si me perdonan la redundancia pedestre--donde, por más esfuerzo de los comentaristas por llenarme de asombro ante las supuestamente extasiantes imágenes, es claro y patético que la única novedad es la de algún pobre empleado al que lo hacen incrementar la cifra que despliega el año... pero bien, eso es pasta para otro pobre comentario).

Algunos sitios, por supuesto, aprovechan la fecha para tratar de sacudirnos la modorra intelectual (pienso en la nota de www.fusildechispas.com sobre la ya no sorpresiva incompetencia de un Estado que licita dos proyectos ferroviarios con anchos de vía incompatibles). Pero mi repaso por muchos de los comentarios a la nota, o incluso por los blogs y diarios que frecuento, últimamente terminan con la firme convicción de que, al menos en el caso de la sociedad costarricense, la reflexión sin el fruto de la acción posterior se ha convertido en una obsesión inmovilizante llena de lugares comunes (dejando de lado la generalmente pésima sintaxis con que estos comentarios se ofrecen, que es pasta para otro pobre comentario, también). No es que, en un afán clasista, pretenda socavar el derecho inalienable que tenemos todos a emitir una opinión (y dios nos libre, que yo quiero a mis rebuznos tanto como el mejor de los burros), pero justo hoy siento que, ante la palabrería negativa que generalmente acompaña la opinión en la blogoesfera costarricense, no me quedan muchas ganas de seguir contando años. Sobretodo si de tanta democracia reflexiva, no caen frutos de vez en cuando que, si tal vez no ofrezcan soluciones, al menos no estén llenos de tanto regusto agrio y pesimista.

Estoy consciente, de que hay mucho que anda mal. Y también, que la ventana que nos ofrece hoy internet nos libera de la estrecha e interesada visión de la mayoría de los medios masivos. Pero me preocupa esa trampa en la que caemos de estancarnos en un sentimiento negativo que poco o nada hace por corregir y que, aún peor, fácil nos hace aceptar—triste y resignadamente, cierto, pero aceptación al fin y al cabo—el status quo con un fatalismo casi mahometano. Hace un año, era noticia una nueva ley de tránsito que prometía poner fin a nuestro desastre vial; hace unos meses gritábamos por el asesinato de 4 personas sobre el río Tárcoles por culpa de la indolencia de un Estado incapaz y los choferes de dos empresas irresponsables (una de ellas, de capital estatal para colmo); casi terminando el año, nos descubríamos temerosos por la muerte salvaje de dos oficiales de la ley a manos de una mafia sanguinaria. Hoy, esto y aquello son meras notas al pie del fracaso de la selección futbolera. y, ante un nuevo año electoral, de nuevo se barren bajo el tapete necesidades objetivas y puntuales, como alcanzar por el fin el derecho a la elección directa de diputados y regidores, la necesidad de ordenar de una vez por todas nuestro sistema vial y de direcciones, recuperar el espectro radiofónico con que tantos lucran, acabar con la ineficiencia en los servicios de salud pública y rescatar nuestro sistema educativo del cortoplacismo politiquero. Todo, a cambio de promesas abstractas imposibles de cumplir, de hombres y mujeres que me prometen seguridad sin decirme, concretamente, cómo me la van a proveer, y de miles de electores que, no sin razón, pero no por ello justificados, dicen: no hay por quién votar.

Es asunto de memoria. De muchos años nuevos y muchos elecciones nuevas. Y una noria en la que el burro, siempre girando, siempre rebuznando, sigue tirando mansito de su carga bien merecida, por burro. Pero quizás algún día, nos demos cuenta que, como burros, también podemos cocear, y a mí se me quite ese regusto amargo que criticaba de otros y con el que, descubro recién, termino yo también este comentario.

martes, 8 de diciembre de 2009

Entre la duda, los pesos y la hipocresía

Difícil es hacer ciencia cuando la duda no existe. El principio cartesiano es la base de la revolución científica, pero también es su punto débil, porque con dudas, ¿cómo convencer a los que ponen los pesos? En mi ámbito me toca, a menudo, lidiar con preguntas de este tipo: "¿pero cómo asegura usted que su dispositivo va a funcionar?". Una pregunta que viene de especialistas en investigación, especialistas pero no investigadores, de los que creen a pie juntillas que la investigación puede enseñarse con manuales, charlas y presentaciones de Power Point. Especialistas que creen que la ciencia siempre es deductiva, que partiendo de una premisa, llego a una conclusión insevitablemente, si sigo el procedimiento correcto. Esa es la manera en que se asignan los fondos de investigación, y no solo en nuestro poco tecnológico país: se dan a aquellos que muestran, de manera más solida, cómo su proyecto tendra éxito. Pero lo cierto es que la ciencia, ante todo, es empírica, inductiva y, por ende, nunca asegura toda la verdad. Mucho menos el éxito. Pero eso suena a anatema, para muchos: que a menudo los descubrimientos son más obra del azar que del empeño, y que el saber-cómo sea siempre más importante que el saber-qué (lo siento, por los científicos naturales, pero es lugar muy común, que la técnica vaya generalmente adelantada a la teoría, sin por esto negar que la primera sin la segunda pende sobre el vacío). (Imaginarse aquí, a los Wright, llenando formularios en el MICIT, explicando como harán volar su aparato y fundarán la industria aeronáutica, desde una fábrica de bicicletas.)

Pero como dije, cuando hay dudas, sin prometer resultados, no es fácil obtener fondos. Ni premios ni ascensos. Entonces aparecen los casos, como el del reciente fraude a Nature y a Science, de Jan Hendrik Schön. La coraza académica es fácil de penetrar, si se usan los obuses adecuados, sobre todo los que apuntan al ego siempre adulable de la noble academia. Si uno ofrece los reconocimientos adecuados a sus pares y unos resultados dentro de lo razonable, más seguridad de oráculo a la hora de predecir, entonces la pelota está casi adentro. Nadie, pocos, verifican, si la predicción se hizo hacia adelante o hacia atrás. O si, en el camino, hicimos tests negativos, algo así como la infame falsación poperiana al menos, que tan pocos fans agrupa. ¿Por qué querría probar yo si estoy equivocado? No, yo quiero probar que estoy en lo cierto: porque el sueño de todo académico es predecir y que se confirmen nuestras predicciones. Es ser como un pequeño dios.

Ah... es la arrogancia epistémica. Linda frase que le robo a Nicholas Nassim Taleb. La de que todo se puede predecir (habrá quedado Newton atrás, pero no su ambición, la de un saber omnipotente): la economía, el clima (cómo me gustaría recomendarles el Cisne negro, de Taleb: una lección de humildad, si tanto fallan los meteorólogos prediciendo el clima de aquí a dos días, ¿cómo puedo confiar cuando me dicen lo que pasará dentro de cinco o cien años?).

Así, en Copenhague, se discute sobre cambio climático. Y la prensa nacional abunda en noticias apocalípticas. ¿Saben los lectores sobre lo disputable de muchas de las aseveraciones en esa conferencia? ¿Sabrán sobre el escándalo de los correos electrónicos y la manipulación de datos que borraron, de un plumazo, aquellos que insinuaban que el calentamiento de hoy no era nada nuevo, y que en los últimos diez años, las temperaturas más bien parecen haber caído? ¿Sabrán que son muchos los científicos que no participan de este movimiento, no porque no estén comprometidos con la conservación del planeta, sino porque no existe aún una respuesta clara a sus dudas, como el reconocido físico Freeman Dyson? Dudas que no solo se alimentan de los modelos, los cálculos predictivos—no mucho más robustos que los mismos cálculos financieros que tanto denunció Taleb como basura sin sentido que llevó directo al crack del 2008—, sino también de los intereses por debajo, de los millones de dólares en juego que solo se dan si, ante todo, no hay dudas en el medio. Y es que, cuando la limosna es grande, el santo tiene obligación dudar.
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