El rol de un gobierno es el de relanzar el crecimiento de Francia y Europa, no el de decidir quién es honorable o no. Traduzco libremente las palabras del economista Thomas Piketty al rechazar la legión de honor francesa. En una época en que cada vez son menos las palabras creíbles entre tanta hiperinflación de expresiones vacuas por Twitter e Instagram, al menos algunos actos como el de Piketty muestran que a algunos les preocupa más su conciencia a la hora de dormir que cuántos"me gusta" tienen en su página de Facebook. Porque parece tener claro Piketty, que una de las tácticas más comunes para callar una propuesta reformadora, es envolverla en premios y reconocimientos para apagar el ímpetu del cambio (lo que llamaríamos en castellano castizo: soborno intelectual). Y así, Piketty le ha mandado un fulminante mensaje a François Hollande: que cumpla con lo que prometió en su campaña: parar la austeridad sin ton ni son y restablecer el papel del Estado como actor decisivo en la recuperación económica, y que se deje de repartir premios y buscar novias montado en scooter.
Atacado por la derecha y la izquierda, el libro "El capital en el siglo XXI" puede quizás estar equivocado en algunas de sus premisas y propuestas, pero concuerdo con el columnista Weissman de Slate: el texto de Piketty ha bastado para trastocar el debate económico llevándolo a un tema del que hace rato deberíamos estar hablando, un tópico que muchos -- especialmente los conservadores y defensores del libre mercado a ultranza, que por algo han sido los más furiosos en su reacción -- preferirían que siguiera callándose: el crecimiento desmedido de la desigualdad de concentración de la riqueza en el último medio siglo.
Yo por mi parte, con mis escasos conocimientos de Economía, he hallado en el libro de Piketty un procedimiento metódico, ordenado y convincente a la hora de exponer sus ideas, basándose no en extrapolaciones o inducciones aventuradas a partir ya sea de fórmulas simplistas de optimización numérica (a lo Black, Merton, Sholes y Cía.) o de evangelios economicistas (sean a lo Hayek, sean a lo Keynes), sino en datos sólidos y tendencias comprobables. Como ingeniero, encuentro por tanto sólidas sus ideas y sus conclusiones bien fundamentadas. Y aunque como ingeniero sé muy bien que correlación no implica causación, es sin embargo suficiente razón para investigar aún más si las hipótesis de Piketty van por camino correcto, cuando todos los datos apuntan a que el crecimiento de la desigualdad de la distribución de riqueza en las economías de todo el mundo ha sucedido en paralelo con el establecimiento de las políticas ultraliberales del trickle down economics y el recorte de impuestos a los más ricos (esa teoría de la cual ni goteos hay aún, tras cuarenta años, que presagien finalmente el esperado derramamiento que nos prometieron Reagan, Thatcher o, en Costa Rica, Jorge Guardia y Thelmo Vargas; esos dos pensadores de columna que tanto quisieran privatizar las universidades públicas, sin atreverse a apuntar en sus diatribas liberalizadoras de dónde salen la mayoría de los graduados que hoy soportan el crecimiento de la industria tecnológica en nuestro país).
Si las propuestas de Piketty: aumentar los impuestos a las grandes fortunas y hacerlos globales, restablecer los impuestos progresivos a la renta y fortalecer la educación pública como vía al crecimiento, no son totalmente correctas pues es algo que solo podrá comprobarse aplicándolas. Que al fin y al cabo no son propuestas nada revolucionarias, son las de Roosevelt y de otro pensador muy cercano, del que ustedes quizá habrán escuchado hablar, que sembró en un libro escrito hace también cuarenta años la semilla de mucho de lo bueno que hoy aún podemos disfrutar en este país: José Figueres Ferrer.
jueves, 1 de enero de 2015
jueves, 6 de noviembre de 2014
¿Por qué seguimos escuchando a los expertos?
Cita hoy de Economía de El País:
"Lo que nadie en Wall Street esperaba es que el precio del petróleo pasara de 104 dólares a 77 dólares en solo seis semanas"
Pero si Wall Street, ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni las calificadoras vieron venir el martes negro, la crisis en Rusia en el 97, el estallido de los dot.com en el 2000 y de la burbuja inmobiliaria en 2007... ¿Por qué seguimos creyendo sus predicciones? ¿Por qué seguimso creyendo a los mismos para definir hacia dónde vamos (y perjudicar en el interin a los de siempre)? ¿No habrá alguien que lleve un sitio con el seguimiento de todas las pifias de estos expertos?
"Lo que nadie en Wall Street esperaba es que el precio del petróleo pasara de 104 dólares a 77 dólares en solo seis semanas"
Pero si Wall Street, ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni las calificadoras vieron venir el martes negro, la crisis en Rusia en el 97, el estallido de los dot.com en el 2000 y de la burbuja inmobiliaria en 2007... ¿Por qué seguimos creyendo sus predicciones? ¿Por qué seguimso creyendo a los mismos para definir hacia dónde vamos (y perjudicar en el interin a los de siempre)? ¿No habrá alguien que lleve un sitio con el seguimiento de todas las pifias de estos expertos?
jueves, 28 de agosto de 2014
Knausgaard y su continua batalla
Quizás es ese viejo y trillado asunto de la universalidad, la que según Lezama Lima pasa por el patio de la casa. Si uno lee Proust a cien años del primer tomo de su obra, no es por sus descripciones de las amplias avenidas que trazó Haussmann; ni siquiera por su análisis ruskiniano de la arquitectura gótica ni mucho menos por la vertiginosa acción de su trama. Es que quien ha estado en una reunión social ha vivido lo que cuenta Proust: la deliciosa esgrima de sutilezas, sarcamos y enfrentamientos disimulados en los gestos, la entonación y los eufemismos con que se cruzan espadas y establecen jerarquías. Proust nos pasea por un mundillo de caracteres casi repulsivos en el detalle de sus múltiples defectos y que sin embargo nos resultan inolvidables porque son el tipo universal de contradicción que resultamos los humanos al sumar la miríada de pequeñeces que nos definen: el degenerado pero tan adorable barón de Charlus, la testaruda y orgullosa ama de llaves Françoise, la petulante y severa madame de Guermantes, el honesto pero dulcemente irresoluto de Saint Loup, la coqueta y decidida Odette y la encantadora manipuladora de Albertine. Y en medio de todos el tímido y acomplejado narrador, que sumerge sus dudas existenciales en el ajetreo de una vida de languidez y afanes de grandeza.
Es entonces claro que una novela no es cuestión tanto de escenarios como de entramados e identificación. Si a uno lo atrapa el frustante odisea de un adolescente tratando de colarse en una fiesta de año nuevo en la que sabe no será admitido, es porque todos hemos sufrido esa terrible ansia juvenil por la aceptación grupal, y ese lacerante despecho luego de rechazo que nos devuelve a nuestra vergonzosa soledad. No importa si el periplo del adolescente es medio de una zona rural tapada de nieve en la latitud 58 norte, y venga salpicada de nombres tan impronunciables como el apellido del autor, y que el nombre del libro sea casi insultante por su impronta histórica (pero es que no deja de ser así, ¿no son todas nuestras vidas nuestra propia lucha?).
Quizás no exista en la prosa de Karl Ove Knausgaard la riqueza sintáctica ni la profundidad casi enciclopédica de "A la busca del tiempo perdido", pero si hay una punzante inquisitividad que es más personal que la de Marcel el narrador, porque se sumerge aún más en el cuestionamiento interno y de nuestras imperfectas maneras de relacionarnos con los demás, antes que en contentarse en suponer que las desgracias nos vienen de los otros. Es además una narrativa que no se arredra a cuestionar las cosas sobre las que se supone hoy no hay disensión -- porque toda sociedad tiene sus tabúes --, y si ahora no resulta arriesgado escribir sobre homosexualidad e infidelidad -- en parte, por supuesto, gracias a Proust--, sí en cambio lo es admitir que a veces la furia te ciega, y que has estado a punto de soltarle una bofetada a tu niña de tres años porque se niega a ponerse el pijama. ¿Que hombre puede, en lo más adentro de su conciencia, negar que esto de compartir la crianza y llevar a tu hija a una sesión de estímulo musical en una biblioteca infantil resulta un bodrio que adentro te carcome tu masculinidad por más que uno se esfuerce en decirse que el machismo es un invento tóxico que hay que superar? ¿Y que lo único que te llame la atención de la bendita sesión es que la que la dirige los cantos es una diosa nórdica a la que hace un tiempo no hubieras dudado en soltarle los galgos, pero que ahora no hace más que poner en patética evidencia que estás viejo y gordo, y que tu papel es ahora el de un pingüino buen padre? Sinceramente, uno sabe que los paseos familiares son generalmente un infierno de disputas por nimiedades que terminan en un intercambio sarcasmos secos entre vos y tu pareja: tratar solo de sobrevivir un simple paseo en auto a un parque de diversiones es un asunto que merece reconocimiento. Y sí, estás locamente enamorado de tu esposa, la dicha te arrebata el corazón cada vez que estás a su lado, has dado el paso hacia la vida que hará feliz, aunque hayás tenido que abandonar vilmente a tu primera pareja para fundar este nuevo hogar, pero la felicidad no es asunto racional, el cuerpo no se equivoca y precisamente esto no ayuda a evitar que en el día en que tu hija ha nacido, te has detenido a admirar el cuerpo de la enfermera que te acaba de avisar que tu esposa se recupera bien del parto. Es inconfesable decirlo, que hay un extraño alivio mezclado de pronto con culpa cuando te avisan que tu padre alcohólico se ha muerto, porque por fin ha dejado de existir el referente con el que te has vivido comparando tus fracasos y flaquezas como adulto y hombre. Y ahora no está claro, como nunca lo ha estado, si lo has amado o no -- y si adentro se grita que no, que nunca habrías podido amar a semejante monstruo, ¿por qué entonces las lágrimas que no cesan de nublarte los ojos y ponerte en ridículo ante tu hermano y los desconocidos que te topás en la calle?
La prosa autobiográfica --aunque se llame ficción, o novela--, la buena, tiene esa virtud de conectarnos con nuestro calvario interno, de hacer que el libro lea nuestra propia vida. No importa si se la adorna con la lujuriosa enjundia barroca de un cubano muy gordo y pausado para hablar, o con el shtik casi lascivo de un judío de Chicago muy bueno para pasar de sus complicadas aventuras conyugales a libros casi majestuosos en su retrato de la complicada vida del emigrante en los Estados Unidos. Knausgaard parece, al igual que Lezama y Bellow, tocar hoy con sus textos los umbrales de la literatura perdurable. Habrá que saber si logra alcanzar la medida que nos dio Johnson sobre un clásico: gustar a muchos, por mucho tiempo. El primer paso parece que ya lo ha cumplido.
domingo, 28 de julio de 2013
Sesenta años de juventud
Bajo el sombrero de paja, no importan las arrugas en la papada ni el bigote cano que sigue siendo ralo --como el de un niño junto a su hermano más barbudo en muchas fotos de las que se tomaron aquellos días por la sierra--. Porque esta revolución sigue siendo de los jóvenes, como dijo el niño anciano. Por eso viajaron a aplaudirlo con ansia otros tantos viejos que también prometen futuro para sus pueblos.
A sesenta años de la hazaña en el Moncada, a otros tantos del juicio en que el máximo comandante --aún sin barba que disimulara el mentón hundido-- se declaró absuelto por la historia, a unos pocos menos de las cruentas batallas en la selva y el descenso de los mau-mau a la ciudad, se siente la esperanza aún viva. De que el mundo amanece y hay una nueva ruta en la bŕujula. Por ahora solo falta esperar a que los viejos que fueron jóvenes no se olviden de morir.
jueves, 18 de julio de 2013
Detrás del mito
El ocaso de los mitos
Edward Snowden vive en un aeropuerto.
Trayvon Martin está muerto. Snowden es rubio, la barba que siempre
lleva de escasos días bien delimitada con cortes precisos de navaja,
detrás de los lentes angostos un par de ojos que miran
inexpresivamente y un cuerpo pálido y esmirriado: es un Bill Gates
en sus veinte, aunque alguien diría más atractivo (al menos lo
suficiente para ligarse una novia campeona del baile de caño,
acróbata de ojos claros, rostro hermoso y un cuerpo atlético
expuesto en ropa interior en decenas de fotos publicadas en su propio
blog: la extrovertida chica en lencería, novia del tímido protector
de la intimidad personal). Martin, debajo de la capucha, miraba más
bien con ojos dulces, sus labios gruesos tenían aún el brillo
infantil de un muchacho que aún no alcanza la hombría, el pelo
crespo negro y corto, la tez limpia de espinillas o granitos, algo
tan poco común en un adolescente yanqui, y un cuerpo también
esmirriado, que a primera vista parece escaso debajo de las hombreras
de jugador de fútbol americano del equipo de su escuela. Al primero
lo persiguen porque creyó, quizás de una manera en extremo ingenua
–pues algunos arguyen que este derecho no está realmente
respaldado a nivel mundial: su invocación a las conclusiones del
juicio de Nuremberg y al Declaración Universal de Derechos Humanos
son para muchos criterios endebles– , que no hay derecho a que un
Estado espíe nuestra intimidad. Al segundo lo mató un vigilante
civil, que creyó que el adolescente de diecisiete años actuaba de
manera sospechosa, mientras caminaba por un residencial en Florida de
vuelta de una pulpería donde había comprado caramelos para su
hermanastro.
Para justificar el embrollo en que se
ha metido el primero con su madre patria, habría quizás que aplicar
el dictum del taciturno Spock: las necesidades de la mayoría
tienen más peso que las de las minorías (excepto en el caso de los
banqueros). Proteger al Estado –es decir, a la colectividad, si
creemos que un Estado realmente representa a un pueblo – está por
encima de las necesidades de cualquier individuo.
En el segundo caso, será cuestión de
torcer un poco el argumento para llegar a la misma conclusión. Un
vigilante protege a la colectividad (aunque la misma policía
aconsejara a este vigilante no seguir al adolescente), y por esa
responsabilidad voluntariamente asumida, está entonces en su derecho
de interpelar a quien considere sospechoso, aunque lo sea únicamente
por el tono de su piel (así como el Estado, en aras de protegernos,
puede espiar sin límite a los que cree que pueden hacernos daño).
Siguiendo la cadena de razonamientos entonces, Zimmerman, determinó
el jurado, tenía derecho a defenderse y matar a Martin (no importa
si fue Zimmerman quien inició confrontación con un arma de fuego en
la mano; es solo un detalle, al menos para el jurado). Y por tanto,
Estados Unidos tiene derecho de arrestar, juzgar y condenar a Snowden
por revelar que el Estado escucha sin permisos judiciales a
prácticamente todo el mundo.
Las historias de un hombre joven y de
un adolescente, ambos sin ninguna de las trazas que harían
suponerlos amenazantes o peligrosos, han abierto dos ventanillas por
las que podemos esculcar la realidad detrás del mito igualitario y
progresista de una Nación que se dice líder del bienestar humano.
Pero también ofrecen un contraste lapidario de lo que significa el
origen étnico. A Snowden lo persiguen por haber cometido un acto
voluntario y con consecuencias. A Martin, le han matado por lo que
era –un adolescente afroamericano--, no por lo que hizo o dejó de
hacer. Habrá que preguntarle a cada uno de los jurados: ¿cuál es
la forma correcta de reaccionar ante un hombre que se nos acerca
pistola en mano? ¿Dar la vuelta y simplemente alejarse caminando,
como dijo una de las que absolvió a Zimmerman? Y... eso es
precisamente lo único que hacía Martin el día que lo asesinaron:
caminar.
miércoles, 9 de enero de 2013
Confesión de indolencia
Quiero empezar al año con confesiones y justificaciones antes que con promesas. Ha pasado un año y sigo si escribir nada nuevo, lo que se me viene haciendo costumbre desde hace bastante rato --al menos desde hace un año.
Hay siempre una excusa para no
arrancar y aquel sentimiento de culpa que antes al menos servía de latiguillo flojo hoy no es ni siquiera una comezón convincente. Es quizás problema de leer tanta literatura científica en los pasados meses (es una de las consecuencias de adquirirse un lector-e y las facilidades de bajar ahora casi cualquier libraco por internet), y pues bueno, con tanto estudio estadístico sobre el comportamiento, bien dotado de resonancias magnéticas cerebrales, pues últimamente voy creyendo que quienes no encuentran
problema en cada día sentarse a escribir lo hacen porque, así como
yo no lo tengo en bajarme como hoy un paquete entero de suspiros
merengados (y ayer una torre de galletitas de chocolate, y unas
cuantas obleas rellenas de crema), éstos tiene la pulsión insaciable de escribir metida debajo
del resuello. No hay un esfuerzo racional sino una manía que no se
puede ahorcar, que aprisiona la voluntad y la retuerce en la
dirección de la letra, como la que a mí me enlaza la mano y la dirige
hacia el paquetito de celofán, lleno de esa delicia sucrosa que sé
bien me llenará de caries los dientes y de sebo la cintura.
Pero hoy, tendido en la cama, refugiado del verano austral patagónico a 35 grados, he descubierto que con todo y eso, no resiento
sinceramente que mis ansias sean más prosaicas que las de escribir un bestseller (y a la vez agradezco
que sea un vicio inocente este de comer dulces sin freno en vez de
llenar de más letras inútiles el mundo, y no uno de esos que para
satisfacer corre uno riesgo de irse a la cárcel o peor, lograr ser
electo presidente sospechando que el cáncer a cuestas no te piensa dejar asumir).
domingo, 22 de julio de 2012
Por qué no le apuesto al perro flaco
Algún analista yanqui tituló algo así
su columna: que el chico flaco volvía a tener oportunidad de
reeligirse con el espaldarazo recibido del tribunal supremo
norteamericano a su reforma de salud. Pero yo hace un rato que
mastico un desencanto amargo con este señor y últimamente me quedan
muy lejos los recuerdos gratos de su discurso de victoria en
noviembre del 2008. Aquel día las lágrimas de Jesse Jackson las
tuve yo también en los ojos, y de seguro que compartí una parte de
sus sensaciones como las de aquella multitud, aunque admito que con
motivaciones muy distintas. No soy descendiente de esclavos – al
menos no en línea directa, pero bien sospecho que estos rizos que me
quedan en la cabeza los he heredado de algún zambo orgulloso – ,
así que no puedo asumir para mí el sentimiento de un
afrodescendiente yanqui al ver a uno de los suyos como presidente en
un país que hace apenas cincuenta años no les permitía sentarse en
cualquier asiento en un autobús. Pero como latinoamericano, no podía
dejar de esperanzarme en creer que por primera vez tendríamos un
presidente amigo en ese imperio tan cerca de nosotros – nosotros
tan lejos de dios como a veces estamos –. Hoy, a casi cuatro años
de aquel día épico, es claro que el chico flaco ha terminado siendo
una caricatura hueca y de cartón, un avatar digno de juego de
Facebook. Su reforma de salud, hecha para conquistarse a los
republicanos que por supuesto no le dieron su voto, es solo uno de los muchos síntomas de su falta de
sangre y furia. Una reforma mediocre, que se suma a su hipócrita rescate de los
banqueros, su fracaso en cerrar la prisión de Guantánamo, y su
falta de visión para negociar una salida de la sangrienta guerra de
las drogas en que nos ha metido el puritanismo de su patria.
Dispuesto siempre a conciliar, el flaquito es lo que siempre uno
puede esperar de un abogado de Harvard: alguien dedicado a la busca de tratos ventajosos, no
a obtener la verdad y la justicia. Hoy, dos días después de una nueva
matanza en ese país que llaman el primero del mundo, el flaquito se
hace el mudo conciliador otra vez y no dice lo que un verdadero presidente progresista
diría: que es realmente incomprensible que exista un país
desarrollado donde se más fácil comprarse una sub-ametralladora a
que te admitan en un hospital. Pero yo ya no espero nada de este
perro flaco. Gane Romney, gane Obama, lo que hace rato que nos queda a los latinos
es destetarnos al fin y dejar de pensar que del norte nos llegará el maná.
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