Por algún lado de su libro Perro blanco soltó la frase. Romain Gary. Que el motor de los escritores es la rabia. No sé si acuerparlo del todo porque no sé hasta donde la rabia puede hermanar el rango dinámico de la tragicomedia que hizo Shakespeare con la tersura casi estoica de Chejov, el trabajoso intelectualismo de Borges o la sonora impermanencia de Joyce. Pero claro, Perro blanco es un libro lleno de rabia que discurre sobre un momento rabioso en los USA: la batalla por los derechos civiles de las afrodescendientes. Explico: “perro blanco” era el mote que daban los negros a los perros entrenados por las fuerzas policiales del sur de EE.UU. para atacar a cualquier persona con tez demasiado oscura. Los usaban desde la misma guerra civil y desde antes, para perseguir esclavos. Gary encuentra un perro perdido recién llega a vivir en LA con su entonces esposa, la trágica Jean Seberg (siempre fue trágico lo que rodeaba a Gary). Era un ejemplar cariñoso y perfecto de pastor alemán. Pero un día, Gary o Seberg, no recuerdo, recibe a un operario para realizar una reparación o un cartero a dejar una carta, no recuerdo, en su casa lujosa, y el perro se torna un frenesí de furia incontrolable que se abalanza sobre el visitante. El visitante es negro. A partir de ahí, Gary se embarca en una lucha por transformar al perro. Consigue un entrenador de perros, negro, que acepta el trabajo. Aunque Gary siente una mala espina, sabe que es eso o sacrificar al animal. Entonces, al final del libro, desaparecen entrenador y perro. Gary va con un amigo, judío, a tratar de hallarlos. Quiere su perro de vuelta. Por desgracia, se separan en medio del barrio zarrapastroso donde vive el entrenador. El amigo judío tiene la mala suerte de encontrar la casa primero. El perro, suelto, le ataca y lo deja exánime, casi agonizante, antes que Gary pueda llegar a controlar al animal. El perro blanco, ha sido convertido por el entrenador en un perro negro.
Esa la rabia/furia de Gary. Que al final blancos y negros son iguales, presas del sinsentido de una raza, la humana, que creyéndose superior, se arroja el derecho de manipular a otra raza, fiel, valerosa, la canina, para realizar sus propios y ruines propósitos. Pero yo veo, quizás, de un modo más general, que existen muchos motivos para la rabia, que no pasan por el color, o la religión. Ni siquiera el sexo y el género. Y que el escritor debe nutrirse de aquéllos para soltar sus palabras y así, al menos, no estallar por dentro. Para que la estulticia humana quede retratada y el escritor sienta que algo de dolor se borra con sus palabras quizás inútiles.
viernes, 27 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
En el hemisferio
Hay siete hombres bajo la lluvia, siete paraguas alrededor de un poyo en cualquier parque; alguien lee un evangelio desde un pedestal. La ciudad, húmeda, es friolenta por engaño y los perros ambulan sus hambres por las calles en fuga. Siempre es posible sorprenderse por ese San José que existe en su grandes fealdades y sus bellezas chicas, regodearse entre el abandono de los lotes baldíos donde todavía queda algún trozo de historia y encanto flotando salvo de la marea que lo quiere borrar todo. Uno de los siete hombres tose. Hay un retumbo tuberculoso de flemas y un escupitajo que revienta verde contra el piso que se empoza. Pero el predicador no se detiene en su convencimiento, de que su misión es nueva e ineluctable. Yo creo que, simplemente, los siete hombres encuentran en las llamas de su boca un refugio contra el agua y el viento. Contra la indolencia y la ciudad que se desmorona.
jueves, 29 de julio de 2010
Caras, puentes y descaro
Se llevarán la sorpresa cuando les llegue el cobro del marchamo. Fue el facilismo de nuestro flamante ministro de Transportes sobre los ochenta mil y pico de costarricenses que debemos una multa de tránsito. No debería sorprender: cuando de respuestas irreflexivas se trata, pocos sacan las cuentas y verifican sus palabras antes de dejarlas salir de sus bocas. No debería sorprender: achacar a la irresponsabilidad y a la desidia de ochenta mil y pico de costarricenses el atraso de pagos de multas de US$600, US$400 dólares es desconocer las realidades económicas de los ciudadanos que estos señores dicen gobernar. Quizás, nadie de nuestros diputados piensa, ni ninguno de los periodistas que levantan estas noticias supone, que la mayoría de esos ochenta mil y pico de costarricenses tendremos que esperar al aguinaldo para poder cumplir con la obligación de pagar una multa que, en países como EE.UU., tienen un equivalente de un cuarto, un quinto de dicho monto. Hagan las cuentas. Con los intereses propuestos, sin posibilidades de arreglo de pago, sale igual esperar a diciembre que a pagar la multa con tarjeta de crédito (si es que esto fuera posible) o con los intereses de cuaqluier de usurero que nos prestara la plata para cumplir con la ley. Es que no se le ha ocurrido a ninguno de nuestros expertos opinólogos, como podría acotar un economista recién graduado (sin necesidad de que sea un Stephen Levitt), que hay un momento en que las penas económicas dejan de tener sentido. Sobre todo cuando se vuelven impagables.
Pero insisto, no debería sorprender. Que este ministro diga a continuación de su falacia gratuita que las penas de cárcel no se están aplicando porque no tendríamos donde poner a tantos condenados. Contraste entre este código de Hamurabi --y los cadíes que lo ejercen-- y las autoridades del estado yanqui de Texas, donde adelantar en zona prohibida se multa con el equivalente de 75 mil colones, pero conducir ebrio conduce inapelablemente a la cárcel y a un curso de reeducación social.
Yo solo me cuidaría, señor ministro, de que esos ochenta y pico mil de costarricenses no decidamos en diciembre no pagar tampoco, y salgamos a bloquear las calles. Hartos de recibir multas escandalosas por infracciones irrisorias como no llevar a los hijos subidos en un cojín ridículo, mientras en nuestras ciudades los semáforos se violan a placer.
Pero es que no debería sorprender, si es este mismo jerarca, a más de un año de la tragedia sobre el puente de Orotina, a varios años de las denuncias sobre el pésimo estado de puentes y carreteras nacionales, quien hoy pone la cara compungida por el puente roto sobre el río Seco y una provincia aislada por su ineptitud y la de los que lo acompañan.
Pero insisto, no debería sorprender. Que este ministro diga a continuación de su falacia gratuita que las penas de cárcel no se están aplicando porque no tendríamos donde poner a tantos condenados. Contraste entre este código de Hamurabi --y los cadíes que lo ejercen-- y las autoridades del estado yanqui de Texas, donde adelantar en zona prohibida se multa con el equivalente de 75 mil colones, pero conducir ebrio conduce inapelablemente a la cárcel y a un curso de reeducación social.
Yo solo me cuidaría, señor ministro, de que esos ochenta y pico mil de costarricenses no decidamos en diciembre no pagar tampoco, y salgamos a bloquear las calles. Hartos de recibir multas escandalosas por infracciones irrisorias como no llevar a los hijos subidos en un cojín ridículo, mientras en nuestras ciudades los semáforos se violan a placer.
Pero es que no debería sorprender, si es este mismo jerarca, a más de un año de la tragedia sobre el puente de Orotina, a varios años de las denuncias sobre el pésimo estado de puentes y carreteras nacionales, quien hoy pone la cara compungida por el puente roto sobre el río Seco y una provincia aislada por su ineptitud y la de los que lo acompañan.
miércoles, 21 de julio de 2010
Un día de furia
Quise crear este blog con la intención de departir intelectualmente, de hacerlo un vehículo de ideas. Pero la realidad de este país lo ha ido convirtiendo, muy a mi pesar, en un depósito de quejas y frustraciones ante las dificultades de vivir bajo la omnipresencia de un estado inepto que cada vez es más opresivo. Es difícil presentar un estado de ánimo estoico, de contemplación, cuando constantemente nuestra vida se ve atacada por una sociedad civil diseñada, tal pareciera, con el único propósito de torturar y disminuir la calidad humana de los habitantes de Costa Rica. (Dejo, sin embargo, de lado los aspectos privados de esta sociedad tica, tal como la estafa que me ha hecho un tornero esta semana por unos muebles que pagué y nunca recibí, y me concentro en el lado funesto del sector público. Ya en otro blog, ventilaré mi impotencia por este robo).
En los últimos meses, me ha tocado luchar contra la inapelable ineficiencia de la Dirección General de Migración, en pos de una simple residencia legal para mi esposa. Atrapados en los vericuetos de una nueva y desproporcionada ley, he debido sacrificar tiempo y cientos de miles de colones en filas, certificaciones, timbres y abogados, para que luego de seis meses, se nos informe que el trámite sigue pendiente, pues falta llenar un formulario que alguien se inventó luego de nuestra última cita. Una cita por lo demás ridícula, en la que debimos llenar, frente a un funcionario, una declaración manuscrita donde atestábamos nuestro estado civil y convivencia conyugal (y por tanto, volviendo tácitamente inválida la certificación que otorga el Registro Civil sobre nuestro estado), y que ahora se convirtió en cuatro horas de fila desperdiciadas, pues dicha declaración debe sustituirse por el nuevo y flamante formulario (y otras cuatro horas de fila).
Uno quisiera que dichos desmanes contra el atributo esencial del ser humano, su tiempo vital, tuvieran coto. Pero buscar defensa a los mismos es igualmente un trámite engorroso que solo más vida consume (pues denunciar esto antes las contralorías de servicios, defensorías de los habitantes o del consumidor, significan igualmente horas de trámites sin sentido). Y aquellas instituciones que deberían marchar a la vanguardia, como las universidades públicas (una de las cuales es mi patrona laboral), son incluso sitios aún más envenenados por esa cultura del papeleo y la tramitología inane. Así, para ser contratado en ellas, se exige una carta certificada con el número de cuenta cliente del banco donde se desea recibir el salario. No basta con que uno esté en capacidad de dar el número de cuenta de buena fe, es necesario gastar tiempo y fila en el banco para entregar este papelito inútil (ay, miles de justificaciones habrá para este papelito, no lo dudo, como eran justificables las discusiones escolásticas sobre el sexo de los ángeles). En otra universidad, se exige a los empleados llenar un nuevo expediente electrónico con la finalidad de “agilizar” la gestión de recursos humanos. Ay, ay, no importa si la información existe ya desde hace años en un expediente físico propiedad de la misma oficina de RH. El funcionario debe sacar su tiempo para recabar información de quince, veinte años atrás para crear un expediente redundante, so pena de sanción.
Ay, ay, ay. Es que mucho más hay de que hablar, como por ejemplo sobre nuestra linda y nueva ley de tránsito. Pero mejor me tapo la boca, le doy descanso hepático a mis dedos. Solo le deseo suerte al Estado para cobrar esos 7500 millones de colones adeudados por los infractores, o ir consiguiendo muchos lotes donde poner los 80 mil vehículos que habrá que sacar de circulación en enero por multas impagas. Si solo, alguna vez, el pueblo de Costa Rica, se levantara contra tanto desmán...
En los últimos meses, me ha tocado luchar contra la inapelable ineficiencia de la Dirección General de Migración, en pos de una simple residencia legal para mi esposa. Atrapados en los vericuetos de una nueva y desproporcionada ley, he debido sacrificar tiempo y cientos de miles de colones en filas, certificaciones, timbres y abogados, para que luego de seis meses, se nos informe que el trámite sigue pendiente, pues falta llenar un formulario que alguien se inventó luego de nuestra última cita. Una cita por lo demás ridícula, en la que debimos llenar, frente a un funcionario, una declaración manuscrita donde atestábamos nuestro estado civil y convivencia conyugal (y por tanto, volviendo tácitamente inválida la certificación que otorga el Registro Civil sobre nuestro estado), y que ahora se convirtió en cuatro horas de fila desperdiciadas, pues dicha declaración debe sustituirse por el nuevo y flamante formulario (y otras cuatro horas de fila).
Uno quisiera que dichos desmanes contra el atributo esencial del ser humano, su tiempo vital, tuvieran coto. Pero buscar defensa a los mismos es igualmente un trámite engorroso que solo más vida consume (pues denunciar esto antes las contralorías de servicios, defensorías de los habitantes o del consumidor, significan igualmente horas de trámites sin sentido). Y aquellas instituciones que deberían marchar a la vanguardia, como las universidades públicas (una de las cuales es mi patrona laboral), son incluso sitios aún más envenenados por esa cultura del papeleo y la tramitología inane. Así, para ser contratado en ellas, se exige una carta certificada con el número de cuenta cliente del banco donde se desea recibir el salario. No basta con que uno esté en capacidad de dar el número de cuenta de buena fe, es necesario gastar tiempo y fila en el banco para entregar este papelito inútil (ay, miles de justificaciones habrá para este papelito, no lo dudo, como eran justificables las discusiones escolásticas sobre el sexo de los ángeles). En otra universidad, se exige a los empleados llenar un nuevo expediente electrónico con la finalidad de “agilizar” la gestión de recursos humanos. Ay, ay, no importa si la información existe ya desde hace años en un expediente físico propiedad de la misma oficina de RH. El funcionario debe sacar su tiempo para recabar información de quince, veinte años atrás para crear un expediente redundante, so pena de sanción.
Ay, ay, ay. Es que mucho más hay de que hablar, como por ejemplo sobre nuestra linda y nueva ley de tránsito. Pero mejor me tapo la boca, le doy descanso hepático a mis dedos. Solo le deseo suerte al Estado para cobrar esos 7500 millones de colones adeudados por los infractores, o ir consiguiendo muchos lotes donde poner los 80 mil vehículos que habrá que sacar de circulación en enero por multas impagas. Si solo, alguna vez, el pueblo de Costa Rica, se levantara contra tanto desmán...
miércoles, 2 de junio de 2010
Desierto tan blanco (de Annie Proulx y Wyoming)
Primero vi la película. Entonces pedí el libro. Close Range: Wyoming Stories. El lugar común es decir que quedé impactado. Es un libro que corta el resuello.
Pero vuelvo a Proulx. En la Wikipedia hay una cita que la retrata de la forma que mejor se describe a alguien, por un detalle: no es una de esas escritoras trofeo. A decir verdad, su vida podría ser la de Hemingway, sin el machismo. Periodista, como tantos escritores. Trotamundos, como tantos escritores. Ha hecho su vida publicando cuentos en revistas, como tantos escritores. Su relato más famoso, “Brokeback Mountain” apareció solitario en el New Yorker, en 1997, como ha sido el caso de tantos escritores. Y por él ganó dos premios (el O. Henry, nada menos) y luego fue una película. Pero la escena de entrada en el cuento es mil veces superior a la excelsa fotografía de Ang Lee: Ennis del Mar, en su covacha con ruedas está feliz. Ha soñado anoche con Jack Twist.
El cuento tiene un estilo filoso y seco, como uno imagina deben ser los inviernos en Wyoming. Pero entre la crueldad y el desamparo de los vaqueros y la gente que planta cara a los elementos, hay una historia de amor. Casi todos los relatos de este libro tienen esa veta común: un mundo inmisericorde, que convierte a las personas en algo menos que bestias de carga, pero donde en medio de la desesperanza hay siempre un ansia por algo más, por algo que pueda llamarse amor. El mundo de Proulx es uno donde solo tu cuerpo y el de los demás, mientras sea joven y no haya sido agostado por el clima y el trabajo, puede darte algo de solazamiento. Sexo. Alcohol. Pero los años pasan –muy rápido cuando el trabajo es duro— y el cuerpo es pronto un amasijo extenuado de espaldas, piernas, cuellos rotos y manos callosas. Esperanzas rotas en caballos enfermos, granjas estériles, manadas flacas. Es el sueño americano que nadie recuerda.
Pero vuelvo a Proulx. En la Wikipedia hay una cita que la retrata de la forma que mejor se describe a alguien, por un detalle: no es una de esas escritoras trofeo. A decir verdad, su vida podría ser la de Hemingway, sin el machismo. Periodista, como tantos escritores. Trotamundos, como tantos escritores. Ha hecho su vida publicando cuentos en revistas, como tantos escritores. Su relato más famoso, “Brokeback Mountain” apareció solitario en el New Yorker, en 1997, como ha sido el caso de tantos escritores. Y por él ganó dos premios (el O. Henry, nada menos) y luego fue una película. Pero la escena de entrada en el cuento es mil veces superior a la excelsa fotografía de Ang Lee: Ennis del Mar, en su covacha con ruedas está feliz. Ha soñado anoche con Jack Twist.
El cuento tiene un estilo filoso y seco, como uno imagina deben ser los inviernos en Wyoming. Pero entre la crueldad y el desamparo de los vaqueros y la gente que planta cara a los elementos, hay una historia de amor. Casi todos los relatos de este libro tienen esa veta común: un mundo inmisericorde, que convierte a las personas en algo menos que bestias de carga, pero donde en medio de la desesperanza hay siempre un ansia por algo más, por algo que pueda llamarse amor. El mundo de Proulx es uno donde solo tu cuerpo y el de los demás, mientras sea joven y no haya sido agostado por el clima y el trabajo, puede darte algo de solazamiento. Sexo. Alcohol. Pero los años pasan –muy rápido cuando el trabajo es duro— y el cuerpo es pronto un amasijo extenuado de espaldas, piernas, cuellos rotos y manos callosas. Esperanzas rotas en caballos enfermos, granjas estériles, manadas flacas. Es el sueño americano que nadie recuerda.
jueves, 25 de marzo de 2010
La inutilidad del ser...
Voy a llamarlo por su nombre: la ineptitud del funcionario público. ¿Llegará a existir, en Costa Rica, alguna vez, alguna institución que brinde la información completa, por su sitio web, por la prensa, antes de tener uno que comerse una fila de horas para que alguien nos diga que nos faltó uno de los 35 requisitos a cumplir? ¿No hay conciencia de la continua violación de nuestros derechos ciudadanos por parte de los que se esmeran en entorpecer los trámites de quienes queremos cumplir con la ley?
La flamante página de la Dirección General de Migración dice de los requisitos para solicitar residencia permanente: depositar US$50. Para cambiar el estatus migratorio: US$200. Pero al llegar a la ventanilla de información, eclosiona la verdad: US$250. Y no se esmere en correr a pagarlos: la oficina del Banco de Costa Rica atiende solo hasta mediodía, ni venga mañana: la ventanilla de recepción de papeles no abre los viernes.
Bienvenidos al paraíso.
La flamante página de la Dirección General de Migración dice de los requisitos para solicitar residencia permanente: depositar US$50. Para cambiar el estatus migratorio: US$200. Pero al llegar a la ventanilla de información, eclosiona la verdad: US$250. Y no se esmere en correr a pagarlos: la oficina del Banco de Costa Rica atiende solo hasta mediodía, ni venga mañana: la ventanilla de recepción de papeles no abre los viernes.
Bienvenidos al paraíso.
lunes, 22 de marzo de 2010
De nuestra nueva ley de migración y ese lugar lejano lugar llamado utopía...
Lo recuerdo de las tardes de alguna clase nebulosa, mientras leíamos algo de Huxley. Que utopía, por su raíz griega, encerraba la ironía de ser aquel lugar ansiado y perfecto en que desearíamos morar, pero también aquel imposible de alcanzar. Poco imaginaba descubrir que los griegos, tan taimados, no estuvieron a la altura imaginable de este paraíso tropical: ¿cómo describir ese estado tan único de mi Costa Rica, donde confluyen dos o tres universos paralelos, aquel casi perfecto en que vive el funcionario público costarricense de alto rango que aprueba leyes y concede entrevistas para ufanarse de las mismas, el otro donde habita un funcionario que atiende en ventanilla y que desdice todo lo afirmado por su superior, y el más patético y frustrante universo del ciudadano que intenta simplemente cumplir con la ley?
Mucho se viene hablando del adefesio de la nueva ley de tránsito. Poco se dice por la prensa—excepto por los que hemos empezado a sufrirla—de la confusión y caos de la nueva ley de migración. Solo el TicoTimes, de las pasadas tres semanas, ha cubierto para la comunidad anglófona ese serpenteo de confusiones que ha generado una nueva ley que al parecer solo conoce el señor director de Migración. Relataba la periodista del artículo aparecido la semana del 8 al 15 de marzo, cómo, en ventanilla, el simple trámite de renovar una visa de turista le era denegado ad portas (cómo lo vivió en carne propia otro turista que escribe en la edición de esta semana del Tico Times), pese a la claridad del artículo 90 de la ley, que autoriza dicha renovación. Y ni hablar de aquellos que estamos a la busca de regularizar el estatus de familiares extranjeros: en estos momentos, nadie está seguro de lo que se debe hacer o presentar.
Algunos de los requisitos, por lo demás, son risueños por lo enrevesados. Supongo que deseosos de regularizar la gran cantidad de usuarios ilegales de los servicios del Seguro Social, ahora se requiere comprobar la filiación ante la Caja a la hora de presentar las solicitudes de residencia. Pero, ¿cómo cotizar como trabajador o asegurado directo ante la Caja, si para poder obtener un premiso de trabajo es requisito perentorio haber obtenido la residencia temporal y estar autorizado por la flamante Dirección de Migración a trabajar?
Ah, pero incongrüencias aparte, lo más interesante, por no decir ofensivo, de la ley, es que ahora los cónyuges de ciudadanos costarricenses deben comprobar su convivencia conyugal durante tres años para poder optar por una residencia permanente, algo de lo que están exentos los cónyuges de los extranjeros residentes. Es decir, que el gobierno de Costa Rica confía más en los residentes extranjeros que en los ciudadanos que lo eligen. ¿O será acaso, que el mero hecho de haberlos elegido como legisladores es para nuestros diputados motivo suficiente para no fiarse de los que portamos cédula costarricense?
Mucho se viene hablando del adefesio de la nueva ley de tránsito. Poco se dice por la prensa—excepto por los que hemos empezado a sufrirla—de la confusión y caos de la nueva ley de migración. Solo el TicoTimes, de las pasadas tres semanas, ha cubierto para la comunidad anglófona ese serpenteo de confusiones que ha generado una nueva ley que al parecer solo conoce el señor director de Migración. Relataba la periodista del artículo aparecido la semana del 8 al 15 de marzo, cómo, en ventanilla, el simple trámite de renovar una visa de turista le era denegado ad portas (cómo lo vivió en carne propia otro turista que escribe en la edición de esta semana del Tico Times), pese a la claridad del artículo 90 de la ley, que autoriza dicha renovación. Y ni hablar de aquellos que estamos a la busca de regularizar el estatus de familiares extranjeros: en estos momentos, nadie está seguro de lo que se debe hacer o presentar.
Algunos de los requisitos, por lo demás, son risueños por lo enrevesados. Supongo que deseosos de regularizar la gran cantidad de usuarios ilegales de los servicios del Seguro Social, ahora se requiere comprobar la filiación ante la Caja a la hora de presentar las solicitudes de residencia. Pero, ¿cómo cotizar como trabajador o asegurado directo ante la Caja, si para poder obtener un premiso de trabajo es requisito perentorio haber obtenido la residencia temporal y estar autorizado por la flamante Dirección de Migración a trabajar?
Ah, pero incongrüencias aparte, lo más interesante, por no decir ofensivo, de la ley, es que ahora los cónyuges de ciudadanos costarricenses deben comprobar su convivencia conyugal durante tres años para poder optar por una residencia permanente, algo de lo que están exentos los cónyuges de los extranjeros residentes. Es decir, que el gobierno de Costa Rica confía más en los residentes extranjeros que en los ciudadanos que lo eligen. ¿O será acaso, que el mero hecho de haberlos elegido como legisladores es para nuestros diputados motivo suficiente para no fiarse de los que portamos cédula costarricense?
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