Viene con la propuesta del gobierno para la reforma tributaria un nuevo ciclo de disputas económicas y zafarranchos legislativos. Habrá que ver hasta donde se hunde el bisturí reflexivo y cuánto de la discusión no será una mera cesión de derechos para comprar votos. Ya vimos que los impuestos a las sociedades van avanzando sin demora, porque los más perjudicados --los pequeños comerciantes y propietarios que se defienden con las sociedades anónimas de la rapiña hacia su patrimonio en un país donde hasta para mover un pie hay que pagarle a un abogado -- no tienen voz en el asunto (que esos pequeños propietarios no aprovechen su voto para colocar verdaderos representantes en el congreso y sus municipios es parte de la tragedia). No se le augura tanto éxito al resto del paquete. En particular, porque el IVA propuesto destruye un privilegio de las profesionales liberales: el de tributar lo que les da la gana. Y adivinen cuáles son los atestados profesionales de la mayoría de nuestros diputados. No los culpo. Pocos se cortan un privilegio voluntariamente. Hace falta ser estadista para ello, y no le pido lo imposible a nuestros representantes.
Pero la cuestión más oculta, aquella que no se tocará a fondo, es la de apretar las clavijas a un Estado ineficiente, que gasta millones de dólares en estudios técnicos de puentas y vías férreas, sin arreglar ni uno solo de aquéllos o colocar un simple riel. El problema del Estado costarricense no es su tamaño (el sueco es mucho mayor en proporción) sino su ineptitud (el Estado sueco lleva los médicos a las mismas casas de los pacientes, por una fracción del costo con que la Caja concesiona un EBAIS). Falta reflexión. Falta seriedad. Falta que nuestra sociedad se vuelva adulta y se haga cargo de lo suyo, sin esperar que del cielo, de los yanquis, de los chinos, o de Chávez, nos venga la salvación.
sábado, 15 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
Al principio del ciclo
Tienen las estaciones en las zonas templadas esa belleza de la circularidad que nos permite empezar de nuevo: pasado el gris invierno con toda su fuerza para matar, renace la vida de un envión y de pronto hay esperanza en los ojos. Un deseo de descansar que nos invade brevemente, como si se tomase impulso para luego lanzarse al loco gasto de fuerzas del verano, antes del suave descenso otoñal y la busca de reservas para el próximo invierno. Es este un proceso que no nos es inmediato para quienes vivimos en las zonas tropicales, y bastante, sabemos, ha sido utilizado como excusa/justificación para la inferioridad cultural y social que generalmente se achaca a los países más cercanos al ecuador. Quizás, halla cierta razón en tales criterios, porque la planificación más que una virtud, es una necesidad en las zonas templadas. Pero yo no sé si creerme explicaciones tan sencillas cuando antiguas civilizaciones en estas regiones más cálidas encontraron igualmente las formas para proyectar y crecer (sin olvidar excepciones hoy día como Taiwán, Singapur o Hong Kong, bien en la zona tropical).
Yo últimamente, prefiero hacer mis apuestas teleológicas por otras dos vertientes. Una es la de la madurez social (alguien, alguna vez, ya usó este símil, el de ver a los países como personas en distintos grados de desarrollo corporal). Otra es el azar. La última vía, por supuesto, es impredicible e incontrolable. Y fue por esa vía, supongo, que Costa Rica logró sacar por un tiempo ventaja: en lugar del común dictador populista o los mediocres líderes domesticados tan comunes en la región, tuvimos una seguidilla de dirigentes bastante listos, que montaron un sistema social bastante eficiente, que funcionó bastante bien y nos hizo adelantar un poco nuestro estilo de vida. Pero el azar dura poco y existe lo que se llama la regresión a la media. En la actualidad, creo, nuestros políticos no están mejor (y en cierto caso, creo que están peor, al menos que en Brasil y Chile) y puesto que no se utilizó esa ventaja suertuda para adelantar en nuestra madurez, pues es lógico ver como el entramado se desmorona.
Es aquí donde vuelven las estaciones. Porque nadie madura más rápido que quien sabe que es asunto propio el asegurarse que para la próxima primavera aún se esté vivo. Quizás, de alguna manera, uno pueda copiar esa necesidad de planificación, de actuar como organismo integrado, qué se yo. ¿Existirá la forma de imbuirnos en el ADN social esa compulsión organizadora? Quizás, es tiempo de ir olvidando la mano paterna del Estado o la esperanza de que el azar nos conceda de nuevo algún líder no tan malo. Va siendo tiempo me parece de que tomemos el asunto en nuestras manos. Pienso en el caso de aquel puente sobre el río Tárcoles, con sus muertos. Tres años después aún el Estado no lo repone y me imagino que habría pasado si esto hubiese ocurrido en otros sitios, (digamos Taiwán para evitar siempre pensar en el norte), si el puente fuera (cómo lo es) un enlace vital que asegurara la supervivencia de los que viven al otro lado. ¿Habrían esperado estas gentes la mano salvadora del gran hermano o se habrían pronto lanzado ellos mismos a su construcción? Se me ocurre que no teniendo estaciones, al menos, este inicio de año es buena época para cuestionarse lo anterior.
Yo últimamente, prefiero hacer mis apuestas teleológicas por otras dos vertientes. Una es la de la madurez social (alguien, alguna vez, ya usó este símil, el de ver a los países como personas en distintos grados de desarrollo corporal). Otra es el azar. La última vía, por supuesto, es impredicible e incontrolable. Y fue por esa vía, supongo, que Costa Rica logró sacar por un tiempo ventaja: en lugar del común dictador populista o los mediocres líderes domesticados tan comunes en la región, tuvimos una seguidilla de dirigentes bastante listos, que montaron un sistema social bastante eficiente, que funcionó bastante bien y nos hizo adelantar un poco nuestro estilo de vida. Pero el azar dura poco y existe lo que se llama la regresión a la media. En la actualidad, creo, nuestros políticos no están mejor (y en cierto caso, creo que están peor, al menos que en Brasil y Chile) y puesto que no se utilizó esa ventaja suertuda para adelantar en nuestra madurez, pues es lógico ver como el entramado se desmorona.
Es aquí donde vuelven las estaciones. Porque nadie madura más rápido que quien sabe que es asunto propio el asegurarse que para la próxima primavera aún se esté vivo. Quizás, de alguna manera, uno pueda copiar esa necesidad de planificación, de actuar como organismo integrado, qué se yo. ¿Existirá la forma de imbuirnos en el ADN social esa compulsión organizadora? Quizás, es tiempo de ir olvidando la mano paterna del Estado o la esperanza de que el azar nos conceda de nuevo algún líder no tan malo. Va siendo tiempo me parece de que tomemos el asunto en nuestras manos. Pienso en el caso de aquel puente sobre el río Tárcoles, con sus muertos. Tres años después aún el Estado no lo repone y me imagino que habría pasado si esto hubiese ocurrido en otros sitios, (digamos Taiwán para evitar siempre pensar en el norte), si el puente fuera (cómo lo es) un enlace vital que asegurara la supervivencia de los que viven al otro lado. ¿Habrían esperado estas gentes la mano salvadora del gran hermano o se habrían pronto lanzado ellos mismos a su construcción? Se me ocurre que no teniendo estaciones, al menos, este inicio de año es buena época para cuestionarse lo anterior.
domingo, 31 de octubre de 2010
Froilán Escobar responde a Froilán Escobar

Hay un relato, en particular. Hay una columna de soldados que sube un sendero por la selva, en busca de guerrilleros, en busca de los mau-mau. O más bien, la selva --como uno se imagina que debe ser la selva en la Sierra Maestra-- se va fagocitando la columna como se ha fagocitado a los guerrilleros y, así como en la columna va el soldado Arancibia, uno podría decir entonces que en la selva va la columna y van los mau-mau. Pero la selva es solo un accidente y lo que ocurre en el ascenso es también un accidente porque la historia va dentro de la cabeza de Arancibia, que es otra selva aún más cruel y tenebrosa.
Este fue uno de los primeros relatos que leí de Froilán Escobar. Y sigue siendo mi favorito. Quizás porque, en unas cuantas páginas, destella por su condensación lo mejor de su prosa/poesía alquímica. El ritmo de la narración es trepidante a fuerza de contrapuntos y giros inesperados del hablar. La acción corre por vaivenes entre lo que ocurre en la selva y su reflejo en la insania alucinante del soldado, una acción llevada del borde del resuello por un lenguaje que es el cortocircuito indispensable entre el mundo real y la subjetividad sufriente: el pájaro, que es la mujer a la que ha violado Arancibia (La vieja que vuela), es el punto de confluencia, de choque, que hace estallar la cordura del soldado cuando su subjetividad se abre como un tajo tal como el balazo corta el vuelo del ave. Es que Escobar entiende, como no pudo entender Azorín según decía Paco Umbral, que la literatura, el lenguaje, es metáforas y nada más.
Unión de mundos separados.El vehículo es el viaje, repite Escobar en su entrevista por Francisco Garzón Céspedes (“Lo mío es experiencia de susurros” ), un vehículo que marcha a pulso de poesía y conjunción de barroco gongoriano y oralidad guajira y que culmina en dos obras monumentales: Largo viaje de ceniza y La última adivinanza del mundo. Novelas como catedrales que quieren ser universos, de esas que ya poco se hacen en ninguna lengua (se puede ir a este artículo de Evert Cilliers, para darse cuenta de que las literaturas inglesa y francesa también sufren de esta anemia)
Pero vuelvo a la entrevista, a esa autoexploración que sirve como la lezna para sacarnos los ojos del conformismo y devovernos la visión: Escobar entiende que el mundo de las definiciones es un conjunto de grillos y camisas forzadas del que hay que zafarse, y que la novela solo puede definirse por lo que no es. O mejor dicho, que la única definición posible de la novela es metafórica. Porque, si como Beckett (y no estoy muy seguro de si fue él quien lo dijo, pero la imagen me parece muy de Beckett), uno cree que la realidad es una plaza hacia la que se mira desde un edificio con muchas ventanas, y que cada ventana es una historia, entonces la novela es ese conjunto de ventanas, de voces, de susurros. La revolución cubana, la guerra de independencia, narradas por Escobar, adquieren otra dimensión en cuanto la narran aquellas voces fantasmales que calló la historia, cuando nos vienen del hilar de una niña huérfana que buscar recuperar a su padre perdido en una guerra de machetes y cañones, o de un tipo que todo lo oyó en un momento en que los que serían héroes aún hacían andar de mortales por entre la Sierra Maestra. Es ese momento en que la literatura viene a “llenar los vacíos de la memoria, ensancharla mediante la imaginación de lo posible y, a partir del muñón, hacer que resuciten retoñados pasos en los pies “.
La historia, entonces, es colección de versiones. Es literatura. Y se reconstruye cada vez que se cuenta, especialmente cuando el relato es un “ajiaco susurrante”, una colección de rumores y cuchicheos que como un mosaico se va construyendo palabra por palabra. Por ello Escobar mismo responde a Garzón Céspedes, que el prefiere las versiones a las adaptaciones. Porque versiones es lo único que hay en realidad. Versiones de cuanto se ha leído, escuchado, comido, sentido y hasta olvidado.
Así, la lectura de esta entrevista sirve de portillo explorativo hacia la luminosidad de una narrativa que Escobar ancla en la inevitabilidad suprema del lenguaje, ese “alguien con quien digo, o sobre todo, con quien me digo”. Es apenas un bocadito del inmenso banquete que nos tiene listo Escobar en su creación.
lunes, 11 de octubre de 2010
Animales de imaginación
Algunos dicen que somos enemigos naturales. Los escritores y los políticos (ir a Imaginary Homelands, de Salman Rushdie). Que nos vestimos de pieles diferentes, porque los políticos hablan del mundo que quieren que vean los demás y los escritores del que se ve realmente. Lo que podría interpretarse como paradójico, si uno es de los que cree que los escritores son tipos de imaginación y los políticos deben ser realistas, más bien. Pero las paradojas es el mundo de las palabras, ni más ni menos, y al final es en el mundo de las palabras donde se pelean los votos, se logra el carisma y se construyen las reputaciones, y no han faltado escritores (que luego han resultado nóbels de literatura algunos) con imaginación tan grande como para lanzarse a la política.
Pero es que en realidad es asunto de intenciones y de lo que pasa en la cabeza de unos y otros. Porque no es cuestión solo de que los escritores imaginen para crear y los políticos para vender/venderse, sino de quien se la cree y quien no. Un escritor, normalmente, siempre sabrá que lo que hace es inventar (porque las palabras, por más que describan realidades, son siempre invención y nunca es la luna el dedo que la señala). Pero el político hablará y lo que saldrá de su boca será para él única verdad. Por eso la creo veraz a Laura Chichilla cuando dice que Costa Rica será un país desarrollado en 2021. Como le creía a Óscar Arias cuando inauguraba obras fantasmales. Porque para Laura, en realidad vamos en camino al desarrollo y para Óscar las obras existían realmente ante su mirada. Es su condición de animales políticos, no dudar de lo que afirman pues en ello les va su esencia. Solo convenciéndose a sí mismos de su realidad, podrán convencer a los demás. Y por eso jamás un político se retractará ni pedirá disculpas por algo que diga (o mucho menos haga), porque será ir contra la verdad que se ha forjado para poder dormir tranquilo cada noche (yo quisiera, que alguien me contradijera, me presentara las imágenes de algún político de cualquier parte disculpándose, diciendo “me equivoqué”: solo en Unión Soviética, parecían tener la receta para que un político declarara contra sí mismo). Es que los políticos son animales de ilusiones y mundos alternos y es por eso que somos enemigos. Porque alguien los tiene que llamar a cuentas antes que nos contagien a todos. No sea que para el 2011 seamos un país de lunáticos que creerán vivir, ahora sí, en una Suiza tropical.
Pero es que en realidad es asunto de intenciones y de lo que pasa en la cabeza de unos y otros. Porque no es cuestión solo de que los escritores imaginen para crear y los políticos para vender/venderse, sino de quien se la cree y quien no. Un escritor, normalmente, siempre sabrá que lo que hace es inventar (porque las palabras, por más que describan realidades, son siempre invención y nunca es la luna el dedo que la señala). Pero el político hablará y lo que saldrá de su boca será para él única verdad. Por eso la creo veraz a Laura Chichilla cuando dice que Costa Rica será un país desarrollado en 2021. Como le creía a Óscar Arias cuando inauguraba obras fantasmales. Porque para Laura, en realidad vamos en camino al desarrollo y para Óscar las obras existían realmente ante su mirada. Es su condición de animales políticos, no dudar de lo que afirman pues en ello les va su esencia. Solo convenciéndose a sí mismos de su realidad, podrán convencer a los demás. Y por eso jamás un político se retractará ni pedirá disculpas por algo que diga (o mucho menos haga), porque será ir contra la verdad que se ha forjado para poder dormir tranquilo cada noche (yo quisiera, que alguien me contradijera, me presentara las imágenes de algún político de cualquier parte disculpándose, diciendo “me equivoqué”: solo en Unión Soviética, parecían tener la receta para que un político declarara contra sí mismo). Es que los políticos son animales de ilusiones y mundos alternos y es por eso que somos enemigos. Porque alguien los tiene que llamar a cuentas antes que nos contagien a todos. No sea que para el 2011 seamos un país de lunáticos que creerán vivir, ahora sí, en una Suiza tropical.
viernes, 27 de agosto de 2010
La rabia y la furia
Por algún lado de su libro Perro blanco soltó la frase. Romain Gary. Que el motor de los escritores es la rabia. No sé si acuerparlo del todo porque no sé hasta donde la rabia puede hermanar el rango dinámico de la tragicomedia que hizo Shakespeare con la tersura casi estoica de Chejov, el trabajoso intelectualismo de Borges o la sonora impermanencia de Joyce. Pero claro, Perro blanco es un libro lleno de rabia que discurre sobre un momento rabioso en los USA: la batalla por los derechos civiles de las afrodescendientes. Explico: “perro blanco” era el mote que daban los negros a los perros entrenados por las fuerzas policiales del sur de EE.UU. para atacar a cualquier persona con tez demasiado oscura. Los usaban desde la misma guerra civil y desde antes, para perseguir esclavos. Gary encuentra un perro perdido recién llega a vivir en LA con su entonces esposa, la trágica Jean Seberg (siempre fue trágico lo que rodeaba a Gary). Era un ejemplar cariñoso y perfecto de pastor alemán. Pero un día, Gary o Seberg, no recuerdo, recibe a un operario para realizar una reparación o un cartero a dejar una carta, no recuerdo, en su casa lujosa, y el perro se torna un frenesí de furia incontrolable que se abalanza sobre el visitante. El visitante es negro. A partir de ahí, Gary se embarca en una lucha por transformar al perro. Consigue un entrenador de perros, negro, que acepta el trabajo. Aunque Gary siente una mala espina, sabe que es eso o sacrificar al animal. Entonces, al final del libro, desaparecen entrenador y perro. Gary va con un amigo, judío, a tratar de hallarlos. Quiere su perro de vuelta. Por desgracia, se separan en medio del barrio zarrapastroso donde vive el entrenador. El amigo judío tiene la mala suerte de encontrar la casa primero. El perro, suelto, le ataca y lo deja exánime, casi agonizante, antes que Gary pueda llegar a controlar al animal. El perro blanco, ha sido convertido por el entrenador en un perro negro.
Esa la rabia/furia de Gary. Que al final blancos y negros son iguales, presas del sinsentido de una raza, la humana, que creyéndose superior, se arroja el derecho de manipular a otra raza, fiel, valerosa, la canina, para realizar sus propios y ruines propósitos. Pero yo veo, quizás, de un modo más general, que existen muchos motivos para la rabia, que no pasan por el color, o la religión. Ni siquiera el sexo y el género. Y que el escritor debe nutrirse de aquéllos para soltar sus palabras y así, al menos, no estallar por dentro. Para que la estulticia humana quede retratada y el escritor sienta que algo de dolor se borra con sus palabras quizás inútiles.
Esa la rabia/furia de Gary. Que al final blancos y negros son iguales, presas del sinsentido de una raza, la humana, que creyéndose superior, se arroja el derecho de manipular a otra raza, fiel, valerosa, la canina, para realizar sus propios y ruines propósitos. Pero yo veo, quizás, de un modo más general, que existen muchos motivos para la rabia, que no pasan por el color, o la religión. Ni siquiera el sexo y el género. Y que el escritor debe nutrirse de aquéllos para soltar sus palabras y así, al menos, no estallar por dentro. Para que la estulticia humana quede retratada y el escritor sienta que algo de dolor se borra con sus palabras quizás inútiles.
domingo, 1 de agosto de 2010
En el hemisferio
Hay siete hombres bajo la lluvia, siete paraguas alrededor de un poyo en cualquier parque; alguien lee un evangelio desde un pedestal. La ciudad, húmeda, es friolenta por engaño y los perros ambulan sus hambres por las calles en fuga. Siempre es posible sorprenderse por ese San José que existe en su grandes fealdades y sus bellezas chicas, regodearse entre el abandono de los lotes baldíos donde todavía queda algún trozo de historia y encanto flotando salvo de la marea que lo quiere borrar todo. Uno de los siete hombres tose. Hay un retumbo tuberculoso de flemas y un escupitajo que revienta verde contra el piso que se empoza. Pero el predicador no se detiene en su convencimiento, de que su misión es nueva e ineluctable. Yo creo que, simplemente, los siete hombres encuentran en las llamas de su boca un refugio contra el agua y el viento. Contra la indolencia y la ciudad que se desmorona.
jueves, 29 de julio de 2010
Caras, puentes y descaro
Se llevarán la sorpresa cuando les llegue el cobro del marchamo. Fue el facilismo de nuestro flamante ministro de Transportes sobre los ochenta mil y pico de costarricenses que debemos una multa de tránsito. No debería sorprender: cuando de respuestas irreflexivas se trata, pocos sacan las cuentas y verifican sus palabras antes de dejarlas salir de sus bocas. No debería sorprender: achacar a la irresponsabilidad y a la desidia de ochenta mil y pico de costarricenses el atraso de pagos de multas de US$600, US$400 dólares es desconocer las realidades económicas de los ciudadanos que estos señores dicen gobernar. Quizás, nadie de nuestros diputados piensa, ni ninguno de los periodistas que levantan estas noticias supone, que la mayoría de esos ochenta mil y pico de costarricenses tendremos que esperar al aguinaldo para poder cumplir con la obligación de pagar una multa que, en países como EE.UU., tienen un equivalente de un cuarto, un quinto de dicho monto. Hagan las cuentas. Con los intereses propuestos, sin posibilidades de arreglo de pago, sale igual esperar a diciembre que a pagar la multa con tarjeta de crédito (si es que esto fuera posible) o con los intereses de cuaqluier de usurero que nos prestara la plata para cumplir con la ley. Es que no se le ha ocurrido a ninguno de nuestros expertos opinólogos, como podría acotar un economista recién graduado (sin necesidad de que sea un Stephen Levitt), que hay un momento en que las penas económicas dejan de tener sentido. Sobre todo cuando se vuelven impagables.
Pero insisto, no debería sorprender. Que este ministro diga a continuación de su falacia gratuita que las penas de cárcel no se están aplicando porque no tendríamos donde poner a tantos condenados. Contraste entre este código de Hamurabi --y los cadíes que lo ejercen-- y las autoridades del estado yanqui de Texas, donde adelantar en zona prohibida se multa con el equivalente de 75 mil colones, pero conducir ebrio conduce inapelablemente a la cárcel y a un curso de reeducación social.
Yo solo me cuidaría, señor ministro, de que esos ochenta y pico mil de costarricenses no decidamos en diciembre no pagar tampoco, y salgamos a bloquear las calles. Hartos de recibir multas escandalosas por infracciones irrisorias como no llevar a los hijos subidos en un cojín ridículo, mientras en nuestras ciudades los semáforos se violan a placer.
Pero es que no debería sorprender, si es este mismo jerarca, a más de un año de la tragedia sobre el puente de Orotina, a varios años de las denuncias sobre el pésimo estado de puentes y carreteras nacionales, quien hoy pone la cara compungida por el puente roto sobre el río Seco y una provincia aislada por su ineptitud y la de los que lo acompañan.
Pero insisto, no debería sorprender. Que este ministro diga a continuación de su falacia gratuita que las penas de cárcel no se están aplicando porque no tendríamos donde poner a tantos condenados. Contraste entre este código de Hamurabi --y los cadíes que lo ejercen-- y las autoridades del estado yanqui de Texas, donde adelantar en zona prohibida se multa con el equivalente de 75 mil colones, pero conducir ebrio conduce inapelablemente a la cárcel y a un curso de reeducación social.
Yo solo me cuidaría, señor ministro, de que esos ochenta y pico mil de costarricenses no decidamos en diciembre no pagar tampoco, y salgamos a bloquear las calles. Hartos de recibir multas escandalosas por infracciones irrisorias como no llevar a los hijos subidos en un cojín ridículo, mientras en nuestras ciudades los semáforos se violan a placer.
Pero es que no debería sorprender, si es este mismo jerarca, a más de un año de la tragedia sobre el puente de Orotina, a varios años de las denuncias sobre el pésimo estado de puentes y carreteras nacionales, quien hoy pone la cara compungida por el puente roto sobre el río Seco y una provincia aislada por su ineptitud y la de los que lo acompañan.
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