jueves, 22 de marzo de 2012

Alfonso moroso

Ahora que se ha desatado la búsqueda de brujas y diablos sobre la situación actual de Caja Costarricense de Seguro Social, cuando una deuda de cincuenta mil colones te hace aparecer como evasor en las páginas de los diarios, quise revisar mi estatus con la señera institución antes de abrir la boca. Y sí, lo dice claro el sistema electrónico. Este señor debe cuotas, al parecer muchas aunque no se diga el monto, del seguro voluntario al que me suscribí hace más de doce años cuando me quedé sin trabajo y me dediqué a hacer lo que podía. A sí que debo enlistarme con todos los responsables de la crisis financiera de mi querida Caja, sin importar si por los pasados once años he cotizado como asalariado un monto que oscila entre los cien mil y doscientos mil colones mensuales, exceptuando los cuatro años que pasé becado fuera del país.
Claro, el demonio anda envericuetado con los detalles, diría Cantinflas. Resulta que para desinscribirse hay que seguir un proceso: algo que suena racional y severo, como debe serlo en uno más de los miles de reglamentos que nos obsequia esta república que en papel resulta perfecta. Algo que, por supuesto, este mortal ha olvidado (en realidad ignoraba) que debía hacer una vez pudo escapar de su condición de desempleado (oh, ingenuidad, imaginarse que por ser contratado automáticamente uno cambiaba de régimen, digo mejor, ingenuo por suponer que tan flamantes sistemas de computación estén para facilitarnos la existencia). En fin. Será algún día en un futuro lejano, quizás cuando se acerque la fecha de mi jubilación, en que cumpla con llevar en persona todas las certificaciones, cartas y demás comprobantes solicitados puntillosamente. Así podré morir tranquilamente, como ciudadano responsable. Entretanto, tengo la salvaguarda para nunca aspirar a un puesto político, no sea que aparezca mi nombre adosado a la lista de irresponsables que están quebrando el país, producto de esa nueva y excitante rama del periodismo investigativo en Costa Rica: buscar en Internet.

domingo, 19 de febrero de 2012

Los premios

Y vino sin esperarlo. Quizás por la sensación agridulce en el 2003 ó 2004, me olvido, cuando publiqué Cuando los ángeles juegan a la suiza – hoy agotada y sin editor, porque la EUCR me rechazó la reimpresión, asuntos de mercadotecnia – y el premio de novela resultó desierto (me consuela, saber que una novela mucho mejor que la mía, Marzo todopoderoso de Catalina Murillo, también fue soslayada en ese desértico año). Ver la lista de ganadores, sin embargo, también me trajo una sonrisa: es sabrosa la ironía, la de que voy a compartir el estrado en el Teatro Nacional con el Sr. Alberto Cañas por su Pío Víquez, este señor que su buen artículo hizo para despedazar Cuando los ángeles y encubrir la censura que recibió la novela en el consejo editorial que en ese momento él presidía (cuando la novela ya había recibido el encomio para publicación por los evaluadores y el mismo director de la editorial). En fin, no olvido y sigo agradeciendo la riposta publicada en La Nación por don Fernando Durán Ayanegui, entonces director de la Editorial de la UCR ante el anuncio de la desertificación del premio y, de paso, su respuesta a las diatribas del buen Sr. Cañas (que como algunos dicen por ahí, está por encima del bien y del mal, aunque para mi gusto más tira para lo de un cascarrabias que sabe escribir muy bien). Pues claro, son memorias que ahora vuelven (y de paso, me pregunto, quizás nadie le ha avisado a la Editorial de la UCR que una de sus novelas ha ganado esta vez un Aquileo, porque ni siquiera un correo-e me han enviado, pero yo trabajo en otra universidad pública; sé lo ocupados que deben andar contestando memorándums).

Así que ahora con el alboroto que le han armado a Warren Ulloa por Bajo la lluvia dios no existe me siento un poco identificado, porque conozco las veleidades de los premios y los celos que despiertan, y por eso prefiero tomar esto con muchas pinzas . Y sé que él lo tiene bien claro, que mejor favor no le han podido hacer sus críticos: es más combustible para alimentar su furia para escribir, que algo así decía Romain Gary. Que si es la Iglesia la que te ataca, algo bueno debés estar haciendo (no veo de todos modos por qué va uno a inquietarse por las críticas de un cuerpo lleno de abusadores de niños, dirigidos por un papa medieval).

En fin, que le de doy muchas gracias a mi familia y mis amigos, los que me han llamado, escrito, y los que me han leído. Y mis saludos al Sr. Cañas, porque la casualidad nos ha unido de nuevo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Acosado

Me sorprendió ver su página cerrada. Acceso a solo un par de artículos y un libro electrónico con sus publicaciones más técnicas. Eso y su comentario "El gran robo bancario". Me duele pero entiendo su súplica: que lo dejen tranquilo. Nassim Taleb es uno de los pocos que ha hablado serio sobre la verdad de la situación actual (otros, como Max Keiser, o el foro ZeroHedge pecan de histriónicos, a veces parecen deleitarse en mirar el buque irse a pique, pero bien, van teniendo razón). Comprendo que la presión ahora debe ser máxima sobre él. El mundo bancario no es un estanque de peces amigables y no pocos le deben estar tratando de cobrar su sinceridad de académico brillante y negociante astuto. Tristemente, aquí en Costa Rica, pocos nos hemos dado cuenta de la gran estafa (el tipo de cambio del dólar sigue subiendo, mientras China empieza a vender sus bonos del tesoro yanqui por lo que son, papel casi sin valor).

Saludos y respetos, Dr. Taleb. A veces, es mejor callar y que los que no han sabido escuchar, que paguen.

miércoles, 24 de agosto de 2011

La lucha oculta

En ese estilo tan típico de nuestras castas gobernantes, de secretismo y cuchicheos, continua la triste historia de la Caja Costarricense de Seguro Social. De la reciente historia del país, se sabe, que la táctica primordial de quienes pretenden dirigirnos es la de alargar los intervalos y los silencios, y dejar que aquellas de sus marrulleras actividades que para desgracia suya salen a la luz, caigan pronto en el olvido y resignación de los afectados --todos nosotros--. Así, la Presidenta nos nombra una nueva ministra de Salud, amiga y colega de quien a tumbos ya dirige la CCSS, y mientras tanto la última auditoría sobre la institución se va al baúl de los secretos de estado. Con estas acciones, simplemente se desoye un clamor que, supongo que esperanzados nuestros líderes en la tradición histórica, se irá apagando sin consecuencias. Pero debe la Presidenta recordar que la peor de las furias es siempre la de los pacientes. Las manifestaciones en Tibás por el arbitrario intento de cerrar una clínica comunal deben despertarla --a ella y a esa casta excelsa que parece ofenderse cada vez que se le cuestionan sus altaneras disposiciones-- a la realidad: cuando ha sido necesario, los ciudadanos costarricenses se han levantado contra los intentos de sojuzgar sus libertades y derechos. Porque esta democracia que los costarricenses gozamos, no es producto de una supuestamente muy tica imagen de pasividad y pacifismo con que han tratado de caracterizarnos a los costarricenses desde niños en nuestros medios de comunicación e incluso desde nuestro manipulado sistema educativo, sino que se ha ganado con la sangre del pueblo, en 1823, en 1842, en 1856-57, en 1889, en 1919, en 1948, en 1955. Las luchas contra ALCOA y el Combo del ICE son recordatorios de que este país está poblado de costarricenses serios que luchan por lo que les es suyo, no de ticos pura vida amantes del vacilón.
Es reconfortante ver, entonces, que grupos como el de Cotizantes CCSS aparecen para mantener viva la llama y obligar a las autoridades a aplicar el bisturí que les ha sido encomendado. Si no desde las esferas del poder ejecutivo, entonces desde el poder judicial. Quizás grupos como este, logren hacer entrar en razón a quienes alegremente pretenden dirigir el país como si de su hacienda privada se tratara. Quizás grupos como este logren resolver una de las mayores ironías de la CCSS y quizás la razón del secuestro que vive hoy: el que entre su directorio, no haya representante de quienes aportan el máximo sostén de la institución y son su razón de ser, nosotros los obreros y trabajadores asegurados.

domingo, 14 de agosto de 2011

El verdadero problema

El verdadero problema de la Caja Costarricense de Seguro Social no es su déficit. Ni siquiera es el que, pese al gasto que llevó a este déficit, sigan prevaleciendo la mala atención y el abandono que sufren quienes no pueden acudir a la consulta privada (la gran mayoría de la población).

El problema de la Caja va más allá de un asunto contable o administrativo. Es un asunto de ética profesional. Es consecuencia del secuestro de la seguridad social por parte de un gremio profesional, el de los médicos, que en su codicia ha traicionado el juramento de servicio a sus semejantes. Las pruebas son muchas, pero basta una contundente: según algunas fuentes, en este país de cuatro millones y medio de habitantes, solo hay dos nefrólogos y ocho oncólogos en activo (ocho oncólogos en un país en el que se espera que pronto sea el cáncer la principal causa de mortalidad). Yo he escuchado muchas historias, de como el acceso a estudiar especialidades se restringe para no perjudicar "el mercado". Quizás sean rumores. Pero los números sostienen dichos rumores: en Costa Rica, me han dicho, solo se gradúan 16 especialistas al año. En Nicaragua, 250. No va para nada bien mi Costa Rica.

sábado, 13 de agosto de 2011

Las tormentas

Hablemos de fantasmas. Envueltos en escamas de oro. Hará unos meses, por radio, un insistente propaganda invitaba a un evento en un hotel nacional de prestigio, organizado por un consorcio extranjero desconocido: "se compran joyas de oro", era en resumen la publicidad. El asunto debe haber sido exitoso. No solo se extendió más de lo anunciado originalmente. Volvieron unas semanas después por más. Tiempo después de pasado el evento, no hará un mes, los diarios nacionales daban cuenta del repunte del precio del oro a nivel internacional. No sé si los que vendieron sus joyas habrán atado cabos. No sé si las autoridades lo habrán hecho, tampoco. Los fantasmas son entes muy resbalosos.

Entretanto, la burbuja inmobiliaria sigue inflándose en Costa Rica. Hace unos días, La Nación, decía que el alto costo de la tierra en el Gran Área Metropolitana dificultaba las ayudas gubernamentales para clases medias y bajas. Puede esgrimirse el argumento de la densidad poblacional y la escasez de tierras (argumento débil, cuando gran parte del casco josefino está compuesto de lotes e inmuebles abandonados), y la falta de soluciones de propiedad vertical. Es hilar muy fino, me parece. Ninguna de esas razones puede justificar el que la tierra en el Valle Central alcance valores superiores al de un inmueble en ciudades como Miami o Nueva York. Mientras tanto, me dicen algunos que los bancos están financiando casas con hipotecas sobre propiedades sobrevaluadas: "llévese casa y carro nuevos, por el precio de la casa". Esa historia ya la conocemos de hace algunos años en otros países más nórdicos. El que tiene oídos que oiga.

Yo solo digo, si quiere comprar casa, espérese un poco, no se embarque en este Titanic. Si puede, compre oro (yo, tristemente, no puedo). Y si ya está abordo con flamante hipoteca y recién vendió las joyas de la abuela, vaya preparando el salvavidas.

viernes, 1 de julio de 2011

De atrapar insomnios

Evaluar un libro de relatos es moverse en arenas movedizas, donde perder el pie puede significar hundirse en el intento funesto de abarcar con un trazo endeble una colección de voces que no son sinfonía (y que no pretenden serlo). Porque cada relato, generalmente, es una pieza única, una sola pelea a resolver por KO, si uno quiere aferrarse a la gastada imagen que Cortázar hizo del género. Y evaluar el suceso de un libro de relatos por tanto, apoyándose en un intento unificador, es ignorar el caráter atómico del mismo e, incluso, justificar esa creencia tan arraigada de que el cuento es un género menor, y que solo por calidad acumulada es dable proponer si una colección de cuentos es algo bueno o no. Evaluar en conjunto es, por ende, ser injusto con el autor, que con un libro de relatos arriesga su pellejo con un afán por multiplicar sus registros en siete, ocho obras que, si se parecen mínimamente en estilo y efectos, pueden tacharse de monótonas, mientras que si se esmeran en lanzarse por espectros esparcidos, pueden acarrear sobre la colección la temida acusación de ser de una calidad irregular. Pero peor, es ser injusto aún más con el lector, que puede no encontrar en el resumen apresurado del presentador el gancho sincero que lo atraparía en alguno de los recovecos del libro.

Los libros de relatos son, propongo entonces, especies extrañas que hay que tratar con delicadeza. Son el receptáculo de caprichos y lances temerarios, donde el autor arriesga, cada vez que inicia un nuevo relato, el cinturón que viene de ganar del relato anterior (si seguimo con las imágenes boxísticas). Aquí, no se trata de acumular puntos a lo novela (sigo con Cortázar), sino de hallar aquel relato que nos deje tendidos en la lona. Por eso, esta noche, y aprovechándome de lo bastante que conozco la obra de Heriberto y sus manías, he preferido concentrarme solo en dos de sus relatos de Atrapainsomnios, para alabarlos por lo que son: obras únicas en su estética y gozo. Y le dejo a los lectores aquí presentes la tarea de buscar los propios en este libro, si es que sus gustos no coinciden con los míos.

Sé que Heriberto ha transitado muchas veredas literarias. Aunque él lo niegue –porque un autor que se respete debe siempre dar esa facha de tener un estilo pétreo y definido, aunque ya ven que el estilo de Borges es diferente en cada libro que hizo. Pero ese transitar es más bien, como debe serlo en un autor que se precie, la búsqueda del registro adecuado para que aquello que se narra. Heriberto va entonces ondulando sus relatos entre la realidad y la fantasía, el juego onírico y la más deliciosa ironía, jugueteando deslices entre sus historias de hombres y mujeres desencontrados.

Pero hay constancia, porque Heriberto tiende a hilar sus narrativas con un hilo conductor común: el poder del eterno femenimo. Así que empiezo con “Héroe en Roma”. Quizás porque es por así decirlo un Heriberto-classic. Desenfado en el personaje. Desenfado en la prosa y el humor negro. Un héroe anónimo ansioso de dama – por eso lo del poder de lo femenino que digo aflora en muchas de las historias de Heriberto – que como Odiseo está a punto de ser la masculina presa fácil de un par de piernas acogedoras. Ah, la añagaza perfecta para meter a un hombre en cualquier problema, hasta en una contrarrevolución en un país caribeño y bolivariano. Pero el narrador, el personaje central, tiene adentro el mismo instinto de Ulises, de querer probar la fruta prohibida sin envenenarse. Puede haber necesidad de mujer, pero antes está la necesidad indescriptible de no dejarse mandar, por una mujer, por el deseo de una mujer, – algunos la llaman machista, yo diría más bien indispensable para cualquier humano, hembra o varón, la de acuerpar sus propias decisiones y roturar rutas que no son las comunes sino las que dicta el alma torturada, aunque se desilusionen los demás, o el mismo cuerpo. Aquí, el desenfado del personaje, el saberse un fracasado nostálgico que se acepta tal como es, esa es la soga que lo ata al mástil al narrador.

Luego está “Cuestión de vida o muerte”. En un estilo encabalgado, con algo de Bolaño, hay un no sé qué en este relato que me mete espanto junto con sonrisa. Me recuerda a la estadounidense Shirley Jackson, esa capacidad de entrelazar lo fantástico y lo gótico en una historia que se pendula entre lo pedestre y lo espeluznante. Tres hombres, dos mujeres, en la más común y aburrido de una existencia que la trama va volviendo imposible, culminada por un desenlace ineludible por lo común y definitivo. Aquí Heriberto, sutilmente, junta lo inenarrable del fin existencial con lo banal que resulta nuestra conciencia cuando debe enfrentarse con la inmensidad afuera de este saco de nervios que somos: el misterio que es estar vivos, o muertos. Se ha dicho muchas veces que través del mito, de lo simbólico, el humano busca explicarse el universo y la más grande incógnita: ese misterio de la conciencia. La angustia existencial, esa que algunos llaman psique, nos mantiene insomnes con sus impulsos y y vocecitas, y el hacer relatos es precisamente un intento por darle respuestas a las inquietudes que nos vienen del coro. Pero el símbolo es un intentar aferrar el aire con la mano abierta, donde no hay respuesta definitiva y la duda pervive. Así, los cinco personajes de este relato bien pueden ser el hijo de Pedro Páramo, que no consigue racionalizarse muerto y por tanto emprende la busca del padre. Aunque al final solo esté el fracaso y la incapacidad de la mente de coligir aquel gran misterio que la envuelve. Los cinco abandonados quedan en el limbo, como al final lo estamos todos, de este o del otro lado, donde los espectros de la separación cuerpo-alma quedan resueltos ante la invencible carnalidad: el símbolo queda supeditado a la única realidad, un grupo de huesos, la capacidad de procrear. Lo demás es hablada.

Yo no voy a hablar más: aquí vinimos a escuchar a Heriberto. A oírle orlar sus historias, las del género humano que busca aprehender entonces lo eterno en lo efímero de la existencia, aunque cada intento termina en fracaso, porque las historias son solo metáforas para explicar algo que no es explicable. Mas no está mal que mientras dure el embrujo, hayan algunas sonrisas y un poco de reflexión.

hit tracker