viernes, 17 de julio de 2009

Los pies en la tierra (¿Y cómo cambiamos? II)

La delicia del juego social es el perpetuo confrontar entre el mundo de las ideas y aquello que borrosamente percibimos como la realidad. Si un libro es siempre catalogable por aquel libro perfecto hacia el que nos conduce (Maurice Blanchot), la praxis política ha de ser entonces evaluada por cuán cerca lleva sus abstracciones al diario convivir de los gobernados. Pero lo que aparece aquí expresado de manera tan obvia es quizás, por la misma naturaleza humana que nos mantiene en la cueva, algo que parece jamás podremos del todo lograr en el mundo que llamamos real. Ante nuestros ojos, el discurso político se transforma en una enardecida declaración de principios y objetivos indisputables pero a la vez inclasificables si no imposibles de verificar. Hablamos de justicia social, de seguridad ciudadana, de desarrollo y equidad, de probidad y rendición de cuentas. Los actores se suben al podio y recitan filípicas que conmueven y enardecen. Pero detrás del fácil discurso hay un vacío casi de hierro, e intenciones que solo a la distancia de los años se adivinan. Y sumamos desencanto, pérdida de fé, cinismo, al constatar que ninguna de las expectativas que depositamos en nuestros elegidos se cumple. Mas cuando se reinicia el proceso, sorprende entonces como la sociedad (y por sociedad pienso en cada individuo por separado), que por años ha venido cuestionando el proceso y la falta de logros de unos y otros, no es capaz de volverse hacia los nuevos candidatos y confrontarlos con la llaneza necesaria para aclarar sus motivos. Al final, la catalogación se reduce a pullas y descalificaciones: es un pillo, es un corrupto, es un inútil, o en el mejor de los casos, a un desfalleciente y resignado: es el menos malo.

Cabe que este patrón de conducta sea inherente a la raza humana. Ciertamente, somos antes seres emocionales que lógicos. Incluso en las sociedades que algunas veces usamos como ejemplo universal, es posible ver cómo usualmente los argumentos políticos se construyen sobre entidades abstractas como la patria, el país, la democracia, la libertad y la justicia social (me vienen a la memoria los cotilleos de salón proustianos, como, dependiendo los ideales de moda, era bueno codearse o no con judíos o burgueses o ser amigos de austríacos e ingleses). No parece hacer mella en dichos argumentos el que sean la base para elaborar planes y proyectos sociales que, en gran medida, irán contra los mismos argumentos abstractos de los que pretenden originarse. La pasada administración yanqui es un ejemplo obvio de como la distorsión patriótica fue usada para violentar la libertad individual, precisamente el más sagrado principio del partido entonces gobernante, principio que hoy blanden como dogma casi religioso contra el proyecto “socialista” de la presente administración.

Aquí entre nosotros, en las etapas iniciales de otra justa electoral, será pronto posible reconocer esos facilismos oratorios que proponen metas inalcanzables (o al menos contrastables) por su misma intangibilidad. Progreso, desarrollo, justicia y seguridad, se aderezarán con pizcas de obras prometidas (algún puente, alguna escuela), pero aquellos pasos necesarios y renovadores, que por años son una y otra vez rescatados por estos mismos políticos una vez pasada la campaña, desaparecerán del discurso a lo largo de la misma. Lo importante será casar nuestra fidelidad con uno u otro eslógan y sentimiento de pertenencia.

Por buscar ejemplos pedestres, será difícil escuchar a ningún candidato presidencial, diputadil o municipal, hacer referencia a reformar a la ley de Patentes de licor, a proponer un estudio del millonario juego con las concesiones del espectro radiofónico, a la necesidad de rotular nuestras casas, calles y avenidas como un mínimo gesto para facilitar las labores de asistencia y rescate cuando no de comunicación, a la incomprensible renuencia a adoptar la elección directa de diputados y regidores, a la innegable realidad de un sistema de privilegios educativos que despoja a decenas de miles de sus escuetas posibilidades de salir de la prostración económica y vital. Las tangibilidades quedarán circunscritas a la oferta inmediata y demagógica, al recuerdo de las grandes obras pasadas (de repente grandiosas para el ojo miope al que se le coloca la lente del fanatismo), y con ello el majestuoso carro ritual de la política inmediata proseguirá su avance en honor a Kali, sin importar los extáticos fieles aplastados bajo sus ruedas sino hoy, mañana sin duda.

2 comentarios:

Juan Murillo dijo...

Lo pequeño mueve a lo grande, lo personal determina lo nacional, la política es el convencer a otros de que lo que yo quiero es también lo que ellos quieren, o engañarlos para que lo crean. La democracia es el sistema político que facilita esa ilusión, un panorama triste de verdad, si pensamos que la democracia se considera el estadio más avanzado de organización política en el mundo.

Asterión dijo...

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